SALA 4
IV. Patas gordas y bolsillos llenos
Nadin Ospina fue el primer artista en ocuparse de los hipopótamos del Magdalena, y lo hizo de forma temprana y premonitoria en su serie Bizarros gourmet (1993). Los modeló en cerámica como urnas Tairona, en una operación paródica simulando un hallazgo arqueológico imposible, cuestionando la fragilidad del patrimonio y los criterios ambiguos que definen lo “auténtico” en el arte nacional. Al darle un falso pasado mítico a un animal foráneo, Ospina convirtió al hipopótamo en símbolo de esa mezcla de artificio, ilegalidad y fetichismo que sigue marcando el imaginario colombiano. Ospina retoma el tema en sus Portales (2023), diseñados por IA e impresos digitalmente, para colocar a los hipopótamos en las puertas del Congreso y frente a la Catedral primada.
Alberto Baraya desde hace más de una década ha fabulado al hipopótamo en escenarios improbables, como en La concepción del Manatípótamo (2017) y La amistad del hipopótamo y el chigüiro (2017). Baraya transforma la crónica ecológica en una fábula contemporánea. Sus híbridos —mitad zoológicos, mitad conceptuales— continúan su exploración sobre las especies exóticas y los ecosistemas alterados, pero en este caso introducen una dimensión narrativa y moral. El “manatípótamo”, criatura imposible nacida del cruce entre la ternura acuática del manatí y la brutalidad anfibia del hipopótamo, condensa el dilema biológico y simbólico de un país donde las fronteras entre lo natural y lo artificial, lo local y lo importado, se han disuelto.
Baraya asume el rol de un Esopo tropical, un fabulista ilustrado que utiliza la ironía científica para evidenciar las consecuencias del capricho humano. Sus animales híbridos son, al mismo tiempo, víctimas y caricaturas: recordatorios de que la naturaleza colombiana ha sido históricamente tratada como laboratorio de poder, deseo y ficción.
En la tradición de las fábulas clásicas —de Esopo a La Fontaine—, donde cada animal encarnaba una virtud o un defecto, Baraya propone alegorías del exceso contemporáneo: la codicia, la ostentación, el olvido. Sus bestias hablan no ya para enseñar moral, sino para evidenciar la imposibilidad de recuperarla. La ironía sustituye al castigo, la empatía reemplaza a la moraleja.
Divino Maik, en El confidente celeste (2025), cabalga sobre un hipopótamo volador en un cielo digital: mezcla de profecía, sátira pop y delirio tecnológico. En su evangelio psicodélico, el hipopótamo deja de ser invasor para convertirse en guía espiritual entre fe y algoritmo. El confidente celeste es una serie de videos creados con IA, donde Divino Maik prolonga su teología del artificio hacia un cielo tropical donde lo sagrado y lo pop se confunden. Encarnado como Robin, el joven maravilla convertido en santo de barrio, el artista aparece cabalgando un hipopótamo volador, criatura imposible que mezcla la visión profética y el delirio digital. Como en las revelaciones de Ezequiel o San Juan, su figura se eleva entre galaxias fluorescentes y nubes barrocas. El hipopótamo, antes símbolo de invasión o exceso, se vuelve animal psicopómpico, mediador entre la fe y el algoritmo. Su vuelo inaugura un nuevo evangelio visual: el de la fe reprogramada por la inteligencia artificial, convirtiendo a Maik en un santo digital, guiado “por la fe, no por la vista”, una comunión entre lo tecnológico y lo mítico, lo ridículo y lo sublime.
En Bestiario nacional (2025), Tayrona construye una fábula visual en alto contraste, donde la jerarquía de fuerzas se invierte: una mano sostiene un plato con un perico, nombre coloquial de la cocaína entre consumidores; el perico sostiene a una mula, transportadora humana que evade controles llevando droga, y la mula sostiene a un enorme hipopótamo, representación de los grandes beneficiarios del sistema: narcos, intermediarios financieros y bancos que se lucran de la cadena del narcotráfico, una parábola crítica de la economía del exceso: lo más pequeño —la sustancia— sostiene a quienes participan activamente en su transporte, quienes a su vez sostienen a los gigantes que se enriquecen de manera indirecta, mostrando cómo los efectos del narcotráfico se amplifican y concentran en los más poderosos. La inversión lógica —lo pequeño sosteniendo a lo grande— subraya la contradicción y el absurdo del sistema, donde la vulnerabilidad y la ilegalidad del eslabón más débil soportan el peso de los intereses desmedidos.
Cada elemento se convierte en símbolo: el perico, núcleo del negocio; la mula, ejecutora involuntaria; y el hipopótamo, encarnación del exceso institucionalizado y financiero. Tayrona articula fábula, ironía y crítica social, mostrando que, aunque la sustancia sea mínima, su circulación sostiene estructuras de poder colosales.
Andrés Villa — Grito en la oscuridad: Hipopótamo
Andrés Villa ha venido desarrollando, desde hace varios años, la serie Un grito en la oscuridad, un conjunto de retratos animales que funcionan como espejos de la condición humana: un oso polar perdido en el deshielo emocional, un toro que embiste contra la frustración cotidiana, un burro que carga con la fatiga de la historia. Cada animal es, en realidad, un autorretrato encubierto; un estudio psicológico donde la bestia sustituye al rostro.
Para esta exposición, el artista elige al hipopótamo —el animal más incómodo del zoológico colombiano— como su nuevo protagonista. No lo pinta por su exotismo, sino por su carga simbólica: criatura invasora, gorda de poder, torpe y majestuosa, mitad víctima y mitad monstruo. El hipopótamo de Villa no ruge: grita en silencio, como el país que lo engendró sin querer.
Su cuerpo emerge del fondo oscuro con pinceladas densas, como si saliera de un pantano moral. La pintura está impregnada de una ironía amarga: el animal, convertido en emblema de un delirio nacional, parece consciente de su propia absurdidad. Ya no es el hipopótamo de Escobar ni el de los noticieros, sino el de la introspección; un paquidermo que, en su mutismo, acusa el ruido del mundo.
El gesto pictórico de Villa —contenedor de furia y ternura— dialoga con la tradición expresionista, pero con una sensibilidad contemporánea que reconoce en la monstruosidad un reflejo de lo humano. Si su serie Un grito en la oscuridad explora la soledad del animal en cautiverio, este hipopótamo encarna la soledad del país en su propio pantano cultural: gordo de culpa, hermoso en su desastre.
El resultado es una imagen que combina drama y sarcasmo, empatía y crítica: un retrato del hipopótamo interior que todos los colombianos llevamos dentro.
Las obras fotográficas de Stephen Ferry y Zoraida Díaz aportan el contrapunto documental: retratan las comunidades que viven junto a los hipopótamos, donde la belleza del paisaje convive con el riesgo y la pérdida. Su mirada convierte lo grotesco en empatía, y lo exótico en experiencia compartida.
Las fotografías de Zoraida Díaz aportan un contrapunto humano y documental a las fábulas, bestiarios y esculturas que conforman la muestra. A través de su archivo digital en blanco y negro (negativo 120 mm, 2025), Díaz retrata a quienes conviven con la presencia de los hipopótamos en Puerto Triunfo, revelando tanto la violencia como la dedicación a la conservación que estos animales han generado.
- Secuelas – Estación Pita, Puerto Triunfo, 2025
Luis Enrique Díaz Flórez, de 50 años, fue atacado por un hipopótamo mientras trabajaba en la Finca Carmelo. La fotografía registra la memoria de su experiencia: un coma de 20 días, graves heridas físicas y la potencia de un animal cuya mordida supera ampliamente la de cualquier perro. Su testimonio, “Morí y volví a nacer. Esos animales son la problemática que nos dejó Pablo Escobar…”, refleja la tensión entre peligro y supervivencia, entre memoria histórica y responsabilidad ambiental. - La vigía – Estación Cocorná, Puerto Triunfo, 2025
Isabel Romero Gerez, conocida como “Doña Chava”, fundadora del Centro de Conservación y Protección de la Tortuga de Río, representa la resiliencia y la dedicación comunitaria. Díaz captura a esta mujer que ha rehabilitado y liberado miles de tortugas endémicas, enseñando que la conservación y el turismo de naturaleza pueden coexistir con la presencia de hipopótamos. Su mirada y labor nos recuerdan que la protección del río y sus especies depende del compromiso humano, incluso en contextos de riesgo y conflicto.
Estas imágenes articulan la dimensión ética y política de la exposición: muestran cómo la fauna invasora impacta la vida cotidiana, la economía local y la cultura ambiental, transformando al hipopótamo de mero símbolo de exceso en un agente de reflexión sobre la convivencia, la resiliencia y la gestión de los ecosistemas.
Tras las fotografías de Zoraida Díaz, que registran los testimonios humanos frente a la presencia de hipopótamos en el Magdalena, la imagen de Stephen Ferry, Vanessa, introduce la perspectiva del propio animal. Esta fotografía a color en papel brillante muestra a la hipopótama parcialmente encerrada tras alambre de púas, evidenciando la precariedad de su hábitat y las consecuencias del cautiverio.
Mientras las fotografías de Díaz resaltan la interacción y el impacto de los hipopótamos en la vida humana —el peligro, la resiliencia y la conservación—, la obra de Ferry traslada la atención al sufrimiento y la vulnerabilidad del animal. Vanessa se convierte en un símbolo de la tensión entre la fascinación cultural y la responsabilidad ética, recordándonos que el exceso, la invasión y la apropiación de la naturaleza no son solo metáforas, sino hechos concretos que afectan la vida de seres vivos.
Esta pieza funciona como vínculo entre fábula y realidad, entre alegoría y testimonio: mientras Baraya, Maik o Tayrona construyen historias de exageración y simbolismo, Vanessa nos confronta con la experiencia tangible del hipopótamo, equilibrando la ironía y la crítica social con la empatía y la conciencia ecológica.