COLUMNA DE OPINIÓN | Échele Cabeza
Reggaeton, drogas y doble moral: El vacío de cuidado en las fiestas de perreo
Por: Julián Andrés Robayo Terapeuta ocupacional, Colaborador ATS
Marzo, 2026
Del cuerpo que vibra al ritmo del bajo, a la realidad poco discutida del consumo de sustancias: esta columna de opinión reflexiona, desde la experiencia en reducción de riesgos, sobre el reggaetón no solo como un fenómeno global de masas, sino como una experiencia colectiva contemporánea donde la promoción del placer y la vivencia de la intensidad no siempre están acompañadas de estrategias visibles de cuidado. Mientras otros géneros han integrado estrategias de reducción de daños (como las fiestas raves), en las prácticas festivas asociadas al reggaetón este debate sigue siendo marginal, navegando en una paradoja de normalización lírica e invisibilización institucional. A través de un análisis que transita desde las barras de Bad Bunny hasta la urgencia de políticas de salud pública, esta lectura es una invitación a transformar la fiesta en un espacio donde la libertad y el goce no estén peleados con el cuidado colectivo. ¿Es posible perrear intensamente y, al mismo tiempo, cuidarnos en comunidad?
La fiesta de reggaetón es, para muchos, una experiencia que comienza primero en el cuerpo y luego en la mente: es casi imposible no moverse cuando el ritmo golpea profundo en el pecho y las caderas parecen responder por sí solas. Lo que ocurre en la pista de baile, sin embargo, refleja hoy un fenómeno musical global medible en cifras. El reggaetón y la música urbana latina se han consolidado como uno de los repertorios más escuchados del planeta, con artistas que dominan el consumo digital mundial. Un ejemplo paradigmático es Bad Bunny, quien en 2025 se posicionó como el artista más escuchado del mundo en Spotify con más de 19,8 mil millones de reproducciones en un solo año, liderando el ranking global por cuarta vez y superando a figuras como Taylor Swift y The Weeknd (Spotify, 2025; Europa Press, 2025). Este volumen de escucha (proveniente de cientos de millones de usuarios en más de 180 países) no solo evidencia el alcance transnacional del reggaetón, sino que también explica su centralidad en la industria musical contemporánea. Su hegemonía en plataformas de streaming lo llevó a encabezar el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl 2026, uno de los eventos mediáticos más vistos del mundo, cuya presentación alcanzó más de 135 millones de espectadores y se convirtió en uno de los shows con mayor audiencia en la historia del evento (NBC, 2026). Tras su actuación, las reproducciones globales del artista aumentaron más de 200% en plataformas digitales, confirmando la capacidad del género para movilizar la audiencia mundial, consolidándose como una de las fuerzas musicales más influyentes de la actualidad (Spotify, 2026).
Pero ¿cómo no serlo? El reggaetón es un ritmo que, al ser escuchado, invita al cuerpo a responder casi de forma inmediata: la base repetitiva activa un movimiento casi inevitable donde las caderas toman el protagonismo, y en medio de esa vibración constante muchas personas encuentran un espacio de disfrute, de alegría, conexión y liberación. Aunque para algunos sectores el reggaetón ha sido criticado por la temática de algunas de sus letras, en las que predominan menciones sobre sexo, exceso y poder, para millones constituye la banda sonora de su vida cotidiana, de la intimidad y de la celebración colectiva. Esa experiencia corporal y emocional, que parece tan simple en la superficie, es también la puerta de entrada a un paisaje cultural más complejo, donde música, industria, consumo de sustancias y dinámicas sociales se entrelazan de maneras complejas que merecen una mirada crítica y atenta.
Las drogas y el reggaeton: alusiones líricas que permanecen
Las referencias explícitas al consumo de sustancias en algunas canciones de reggaetón no constituyen un fenómeno aislado ni reciente; por el contrario, ha acompañado al género desde hace años y se ha ido adaptando a distintos momentos históricos, integrándose como parte del relato de intensidad, desinhibición y exceso que caracteriza ciertos imaginarios musicales. Esto puede observarse con claridad a través de ejemplos separados por más de una década, pero unidos por una misma lógica narrativa. En la cancion Perro Negro de Feid y Bad Bunny, aparecen menciones explícitas a prácticas y sustancias asociadas a la fiesta nocturna, con frases como: “Mami tiene el party prendio, saca el 2CB estoy sorprendido…”, integrándolas de forma natural al relato de una noche intensa y desbordada.
Este tipo de alusiones no surgen de la nada ni respondne únicamente a una moda reciente. En diferentes momentos del reggaeton mainstream han aparecido menciones explícitas asociadas a la fiesta nocturna. Un ejemplo puede encontrarse en la canción Sexy Robótica de Don Omar, donde se nombran de forma directa sustancias como “cocaína”, “marihuana”, “éxtasis” y “popper”, integradas dentro de un relato que articula placer, sensualidad y exceso. Aunque estas referencias suelen ocupar solo algunos versos, cumplen una función simbólica potente: inscriben el consumo dentro del lenguaje cotidiano de la música, lo vuelven parte del paisaje sonoro de la fiesta y refuerzan la idea de que ciertas experiencias intensas, como: bailar, desinhibirse y prolongar la noche, están culturalmente ligadas a estas prácticas psicoactivas.
A partir de la vivencia corporal que propone esta fiesta, el análisis cultural encuentra un eco en el lenguaje musical del reggaeton, que como toda expresión popular funciona como espejo de la sociedad que lo produce. Sus letras, lejos de ser anecdóticas, construyen y refuerzan un imaginario donde el consumo de sustancias aparece normalizado y profundamente asociado al placer, al poder, al estatus, a la energía de la noche y al escape emocional. Estas alusiones, más que una apología explícita, operan como alegorías de una vida intensa y excesiva que promete trascender los límites de lo cotidiano, integrando el consumo al ritmo mismo de la música y de la fiesta. Cuando este tipo de letras circula de forma masiva y sostenida, el consumo deja de percibirse como un acto individual para convertirse en un gesto colectivo, estetizado y aspiracional, con efectos directos en la manera en que se habitan, se recuerdan y se significan los conciertos, las fiestas y los encuentros nocturnos de este género musical.
Cuando el consumo se nombra, pero el cuidado no.
Esta tensión revela una paradoja cultural: mientras en escenas como el techno el consumo de sustancias ha sido reconocido, discutido e incluso acompañado por estrategias visibles de reducción de riesgos y daños como análisis de sustancias, zonas de recuperación y mínimo vital de agua, en otros eventos masivos el debate sobre cuidado suele ser menos explícito oinstitucionalizado, provocando interrogantes sobre cómo se estigmatizan unas fiestas y normalizan otras, como si la masividad y la aceptación social del género diluyeran los riesgos asociados. Esta diferencia no necesariamente implica que el consumo sea mayor o menor en un género específico, sino que evidencia asimetrías en la forma en que se aborda públicamente el tema. El resultado es un desborde silencioso del consumo en ambientes donde no hay información clara, ni educación preventiva, ni estrategias explícitas de reducción de riesgos y daños. La fiesta continúa, la música suena, pero el cuidado recae principalmente en decisiones individuales, en lugar de integrarse como parte visible de la infraestructura del evento.
Visto de manera sencilla, un concierto de reguetón puede entenderse como un espacio donde, por unas horas, las reglas de la vida cotidiana se suspenden y las personas se permiten sentir, actuar y expresarse de formas que normalmente no harían. La multitud, el ritmo repetitivo, el sonido grave y la desinhibición colectiva crean un estado cercano al trance, con paralelos evidentes con rituales ancestrales en los que la música, la danza y, en algunos contextos, el uso de sustancias psicoactivas ha favorecido la cohesión social y experiencias interpretadas como sagradas o trascendentes (Winkelman, 2000). Sin embargo, a diferencia de esos rituales tradicionales, en la fiesta urbana contemporánea suele faltar una estructura de contención y cuidado que acompañe la intensidad del momento. La experiencia se abre, pero no siempre se sostiene.
Esta ausencia se vuelve más problemática cuando se considera que el consumo, aunque normalizado simbólicamente, no viene acompañado de herramientas para la gestión del riesgo. No hay puntos de información visibles, ni equipos capacitados para brindar acompañamiento emocional o primeros auxilios psicológicos, ni protocolos claros para situaciones de crisis. La normalización sin infraestructura de cuidado genera una ilusión de seguridad que puede resultar peligrosa. La fiesta se presenta como un espacio de libertad absoluta, pero esa libertad no siempre incluye el derecho a estar informado, cuidado y acompañado. Diversos organismos internacionales y estudios en salud pública han demostrado que los enfoques de reducción de riesgos y daños, lejos de incentivar el consumo, contribuyen a disminuir eventos adversos, prevenir emergencias médicas y fortalecer la autonomía y el cuidado colectivo en contextos recreativos (European Monitoring Centre for Drugs and Drug Addiction, 2022; World Health Organization, 2019; United Nations Office on Drugs and Crime, 2021). La evidencia señala que estrategias como la provisión de información basada en evidencia, espacios de descanso, acompañamiento entre pares y atención temprana ante crisis reducen significativamente daños asociados al consumo en entornos de fiesta, al tiempo que promueven entornos más seguros y conscientes para quienes participan de estas experiencias (Hughes et al., 2017; Rhodes, 2009).
La invisibilización institucional del consumo en el reggaetón también responde a prejuicios de clase y cultura. Reconocer la necesidad de estrategias de reducción de riesgos en estos eventos implicaría aceptar que el consumo existe y que atraviesa a públicos diversos. Negarlo, en cambio, permite sostener una imagen “limpia” de la fiesta, aunque sea a costa de la salud y el bienestar de quienes participan. Este silencio no elimina los riesgos; simplemente los desplaza al ámbito privado, donde cada persona queda sola frente a la intensidad de la experiencia.
Cómo incorporar reducción de daños y cuidado en el Reggaeton
Frente a este panorama, repensar la fiesta de reggaeton no implica prohibir ni moralizar, sino integrar el cuidado como parte del goce. Existen soluciones sencillas y claras que pueden implementarse sin desnaturalizar el evento. La primera es la información: mensajes visibles y accesibles sobre autocuidado, hidratación, descanso y reconocimiento de señales de alerta. La segunda es el acompañamiento: equipos de cuidado entrenados para ofrecer escucha, contención emocional y orientación básica, sin juicio ni sanción. La tercera es la articulación con un enfoque de salud pública y derechos humanos, donde el bienestar de las personas sea tan importante como la experiencia musical.
Estas medidas no buscan controlar la fiesta, sino hacerla más consciente y responsable. Integrar el autocuidado y la corresponsabilidad colectiva permite que la experiencia expansiva y de goce no se convierta en riesgo innecesario. Si el consumo existe, el cuidado debe existir también. Esta lógica, ya aplicada en otros contextos festivos, demuestra que es posible reducir daños sin eliminar el placer ni la intensidad.
Repensar el concierto de reggaeton desde esta perspectiva abre la puerta a una transformación cultural más amplia. El género puede seguir siendo un espacio legítimo de catarsis, exploración subjetiva y ritual moderno, pero atravesado por una ética del cuidado que reconozca la vulnerabilidad inherente al consumo de sustancias que los atraviesa. Integrar música, placer, conciencia y responsabilidad colectiva no le resta potencia a la fiesta; por el contrario, la profundiza y la hace sostenible.
El cuerpo que vibra con el bajo, la emoción que se libera y la conciencia que se expande en la fiesta de reggaeton, adquieren otro sentido cuando esa intensidad se sostiene dentro de un entorno que cuida y acompaña. En ese escenario, la fiesta de reggaeton deja de ser únicamente una noche de exceso o desborde para transformarse en un espacio de experiencia subjetiva compartida, donde lo individual y lo colectivo se entrelazan. El reggaeton, que ya ha demostrado ser un potente movilizador cultural, social e incluso político, también puede (y debería) convertirse en un agente movilizador del cuidado. Pensar la fiesta desde este lugar no es un gesto radical ni restrictivo, sino una invitación a habitar el placer con mayor conciencia, entendiendo que cuidarnos, en comunidad, también es una forma profunda de libertad.
Referencias:
- Europa (2025). Bad Bunny se corona como el artista más escuchado del mundo en 2025 en Spotify.
- International Federation of the Phonographic (2024). Global Music Report 2024. IFPI.
- (2026). Audiencia del espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX.
- (2025). Spotify Wrapped: Top global artists of the year. Spotify Newsroom.
- Westport, CT: Bergin &
- European Monitoring Centre for Drugs and Drug Addiction (EMCDDA). (2022). Health and social responses to drug problems: A European guide. Luxembourg: Publications Office of the European Union.
- Hughes, K., Bellis, M. A., Winstock, A., & Rhodes, T. (2017). Harm reduction strategies for recreational drug use in nightlife settings: A review of International Journal of Drug Policy, 40, 54–62.
- Rhodes, (2009). Risk environments and drug harms: A social science for harm reduction approach. International Journal of Drug Policy, 20(3), 193–201.
- United Nations Office on Drugs and Crime (UNODC). (2021). World Drug Report 2021: Health consequences of drug use. Vienna: United Nations.
- World Health Organization (WHO). (2019). Community management of opioid overdose and harm reduction approaches. Geneva: WHO.



