Estefanía Sánchez Patiño
Magíster en Culturas y Drogas, Universidad de Caldas, Master Estados Expandidos de Consciencia, Fundación Científica Joseph Maria Fericgla
Directora Corporación Acción Técnica Social/Échele Cabeza
Manizales, Colombia
direccion@acciontecnicasocial.com
Resumen
El tusi es una mixtura psicoactiva de composición indeterminada que ha adquirido una creciente presencia en escenarios festivos juveniles en Colombia y que, pese a su frecuente confusión con el 2C-B, constituye un fenómeno psicoactivo diferenciado. Este estudio buscó comprender los significados atribuidos a las experiencias de modificación de la consciencia mediadas por su consumo en jóvenes que frecuentan fiestas de música electrónica en Manizales y Medellín. Se desarrolló una investigación cualitativa de orientación fenomenológico-hermenéutica con 16 jóvenes entre 18 y 28 años, mediante entrevistas en profundidad, observación participante y análisis de fuentes secundarias sobre composición. Los hallazgos muestran una experiencia atravesada por la indeterminación y la liminalidad, expresadas en transformaciones corporales, sensoriales, cognitivas, relacionales y espacio-temporales que transitan entre activación y sedación, conexión y repliegue, arraigo y desenclave. Los participantes atribuyen a estas experiencias significados asociados con pertenencia, introspección y exploración de los propios límites, pero también con silenciamiento, suspensión del malestar y fuga. Esta última no supone necesariamente abandonar el mundo, sino ensayar temporalmente otras maneras de permanecer en él. Se concluye que comprender el tusi requiere trascender su caracterización farmacológica y aproximarse a la experiencia encarnada de sus usuarios, reconociendo tanto los sentidos que sostienen su consumo como los riesgos asociados a una mixtura cuya composición permanece parcialmente incierta.
Palabras clave: tusi, estados modificados de consciencia, fenomenología, ketamina; experiencia subjetiva; reducción de daños.
Introducción
En Colombia, el tusi se ha consolidado como una mixtura psicoactiva de amplia circulación, particularmente visible en escenarios festivos juveniles y de música electrónica. Su expansión ha estado acompañada por una persistente confusión con el 2C-B (4-bromo-2,5-dimetoxifenetilamina), sustancia psicodélica sintetizada por Alexander Shulgin y conocida fonéticamente como two-C-B. Aunque expresiones como tusibi, tuci o tusi derivan de esta denominación, aquello que actualmente circula bajo estos nombres en Colombia no corresponde al 2C-B ni puede comprenderse como una presentación de este compuesto. Por el contrario, se trata de una adaptación local que terminó adquiriendo una identidad psicoactiva propia, caracterizada precisamente por no responder a una fórmula única y por permitir la combinación variable de diferentes sustancias.
Esta distinción resulta fundamental porque la indeterminación no constituye un elemento accesorio del tusi, sino una característica que atraviesa su producción, circulación y experiencia. Su composición puede variar entre preparaciones y productores y, aunque los análisis realizados en Colombia han identificado de manera recurrente la presencia de ketamina y MDMA, también se han reportado cafeína, anestésicos locales, medicamentos y otros compuestos. En consecuencia, hablar de “tusi” no significa nombrar una molécula específica, sino una mixtura abierta y modificable, cuya identidad depende tanto de su presentación, de los circuitos culturales en los que circula y de los efectos que se espera obtener, como de aquello que efectivamente contiene.
Esta particularidad plantea un problema para su estudio. Buena parte de las aproximaciones al fenómeno de las drogas se ha concentrado en identificar sustancias, establecer prevalencias, describir patrones de consumo o determinar sus riesgos. Estas dimensiones son necesarias, especialmente frente a una mixtura cuya composición no puede conocerse únicamente por su apariencia. Sin embargo, dicen menos acerca de una pregunta diferente: ¿qué experiencia buscan quienes la consumen y qué significados adquiere esa experiencia en sus mundos de vida? La expansión del tusi no puede comprenderse únicamente a partir de aquello que contiene; requiere interrogar también aquello que posibilita experimentar.
Esta pregunta adquiere especial relevancia en la fiesta electrónica, escenario en el que las sustancias psicoactivas han participado históricamente en experiencias de intensificación sensorial, modificación de la temporalidad, danza, encuentro y trance colectivo. La fiesta constituye aquí algo más que el lugar físico donde ocurre el consumo, se configura como mundo sensible en el que música, cuerpos, luces, afectos y sustancias intervienen conjuntamente en la experiencia. En estas cartografías del goce, modificar la consciencia supone también modificar temporalmente la manera de estar consigo mismo, con los otros y con el entorno.
El tusi introduce una particularidad dentro de estas experiencias. Los efectos descritos por sus consumidores no se orientan exclusivamente hacia la estimulación o la expansión afectiva, sino que incorporan estados de sedación, introspección, extrañamiento corporal y disociación asociados por los propios usuarios con la presencia predominante de ketamina. La mixtura puede producir así una experiencia difícil de fijar en categorías estables como, aproximarse a los otros y replegarse, intensificar la percepción y buscar silencio, permanecer corporalmente en la fiesta y sentirse simultáneamente “en otro lado”. Esta condición hace especialmente pertinente una aproximación fenomenológica, interesada no solo en qué produce una sustancia, sino en cómo esas modificaciones son vividas, interpretadas e incorporadas a la experiencia del ser-en-el-mundo.
Desde esta perspectiva, el consumo no se aborda como una conducta aislada ni al consumidor como receptor pasivo de efectos farmacológicos. La experiencia se configura en la relación entre cuerpo, sustancia, trayectoria, expectativas, contexto y alteridad. Los propios usuarios construyen conocimientos sobre aquello que consumen, reconocen diferencias mediante sus efectos corporales y atribuyen sentidos a experiencias que pueden transitar entre el placer, la pertenencia, la introspección, el autocuidado, la suspensión y la fuga. Acceder a estas experiencias desde sus propios relatos permite desplazar la mirada desde la sustancia como objeto hacia la experiencia encarnada de quien la consume, sin desconocer los riesgos derivados de una mixtura cuya composición permanece parcialmente incierta.
Pese a la creciente visibilidad del tusi, persiste la necesidad de investigaciones que profundicen en esta dimensión subjetiva y fenomenológica. Comprender por qué una experiencia adquiere valor exige ir más allá de la descripción de sus componentes o de la enumeración de daños potenciales y aproximarse a las formas particulares de consciencia, corporalidad, vínculo y sentido que emergen durante su consumo. Este desplazamiento resulta también relevante para la reducción de riesgos y daños, toda vez que inquietarse por aquello que los usuarios de drogas buscan, valoran, negocian o intentan suspender mediante la experiencia psicoactiva, ofrece una posibilidad de diálogo mucho más verosímil y menos paliativa.
En este marco, el presente estudio se pregunta ¿qué significados otorgan los jóvenes que frecuentan fiestas de música electrónica en Manizales y Medellín a las experiencias de modificación de la consciencia mediadas por el consumo de tusi? Para responder a esta pregunta se desarrolló una investigación cualitativa de orientación fenomenológico-hermenéutica con jóvenes consumidores frecuentes, articulando entrevistas en profundidad, observación participante y fuentes secundarias sobre composición. El análisis se concentra en las transformaciones corporales, sensoriales, cognitivas, relacionales y espacio-temporales de la experiencia y en los significados construidos alrededor de ellas. Su aporte consiste en aproximarse al tusi no solamente como una mixtura psicoactiva indeterminada, sino como mediador de una experiencia igualmente atravesada por el umbral entre conexión y repliegue, arraigo y desenclave, permanencia y fuga.
Metodología
Enfoque y diseño de la investigación
Se desarrolló una investigación cualitativa con enfoque fenomenológico-hermenéutico, orientada a comprender cómo se viven y qué significados adquieren las experiencias de modificación de la consciencia mediadas por el tusi en contextos de fiesta de música electrónica. Desde esta perspectiva, el interés no se centró exclusivamente en identificar los efectos de la sustancia, sino en aproximarse al mundo vivido de quienes la experimentan y comprender cómo estos sujetos perciben, narran e interpretan sus propias vivencias. En consecuencia, la unidad de análisis estuvo constituida por los relatos producidos durante las entrevistas y no por los participantes considerados de manera individual.
Participaron 16 personas entre 18 y 28 años, 14 hombres y 2 mujeres, con trayectorias de consumo de tusi de entre tres y siete años. Como criterios de inclusión se estableció ser mayor de 18 y menor de 30 años, haber consumido tusi al menos dos veces durante el último mes y mantener un consumo recreativo o intensivo durante los seis meses previos. El trabajo de campo se desarrolló durante los años 2022 y 2024 en fiestas de Manizales y festivales de Medellín, ciudades seleccionadas por la presencia y trayectoria de sus escenas de música electrónica y por la relevancia del consumo de tusi en estos contextos festivos. En Manizales se realizaron 11 entrevistas y en Medellín 5.
Producción de la información
La producción de información combinó observación participante y entrevistas en profundidad. La observación participante permitió una aproximación situada a los escenarios festivos, atendiendo a su configuración espacial, ritmos, dinámicas de interacción y prácticas asociadas al consumo de sustancias. Durante esta inmersión se mantuvieron conversaciones espontáneas con asistentes y promotores y se elaboraron notas de campo.
Las entrevistas en profundidad constituyeron la principal estrategia para acceder a las experiencias subjetivas y a los significados atribuidos a ellas. Se diseñaron inicialmente dos modalidades de entrevista: una realizada in situ, durante los eventos festivos, y otra a posteriori, en espacios más tranquilos que favorecieran una narración reflexiva. Las condiciones propias de los festivales —particularmente el ruido, la interrupción de la experiencia festiva y el temor a hablar sobre el consumo de una sustancia ilegal— dificultaron la realización de entrevistas in situ y el contacto posterior con algunos participantes. Por ello, se incorporaron entrevistas adicionales realizadas posteriormente y se unificaron las guías de ambos momentos. En total, se realizaron 11 entrevistas in situ, 2 a posteriori y 3 que combinaron ambos momentos.
Antes del trabajo de campo se realizó una prueba piloto de las guías de entrevista, a partir de la cual se ajustaron preguntas cuya formulación resultaba ambigua y se incorporaron aspectos emergentes de las experiencias de consumo. Las preguntas se mantuvieron abiertas y orientadoras, buscando favorecer relatos espontáneos sobre las sensaciones experimentadas, las vivencias más significativas y las huellas que estas experiencias dejaban posteriormente en los participantes.
Análisis fenomenológico-hermenéutico
Las entrevistas fueron transcritas literalmente y posteriormente sometidas a una lectura inmersiva y reiterada. La transcripción inicial fue realizada mediante TurboScribe y revisada manualmente para conservar pausas, repeticiones, silencios, énfasis y matices relevantes de las narraciones. El análisis posterior se realizó manualmente, sin software especializado ni herramientas de inteligencia artificial, privilegiando el contacto directo con los relatos.
El análisis siguió una estrategia fenomenológico-hermenéutica inspirada en la propuesta metodológica de Max van Manen. En una primera fase se realizaron lecturas sucesivas de las entrevistas y se registraron impresiones sobre la forma en que era narrada la experiencia. En una segunda fase se identificaron y extrajeron fragmentos vinculados con las vivencias, emociones y sentidos atribuidos al consumo, los cuales fueron condensados en unidades de significado y posteriormente organizados mediante códigos temáticos en una matriz de Excel. Finalmente, los códigos fueron agrupados en temas y sometidos a una lectura integradora orientada a identificar recurrencias, divergencias y tensiones entre los relatos.
La interpretación se orientó por preguntas propias del horizonte fenomenológico-hermenéutico, particularmente por las transformaciones en la manera de estar-en-el-mundo, las formas de relación con los otros y las tensiones entre pertenencia, introspección y fuga que emergían de las narraciones. De este proceso se construyó una síntesis interpretativa que permitió pasar de la descripción de experiencias particulares a la identificación de estructuras de sentido compartidas y de sus variaciones entre participantes.
Consideraciones éticas
La participación fue voluntaria y, antes de cada entrevista, se explicó el propósito del estudio, el carácter académico de la investigación y las condiciones de confidencialidad. Se obtuvo consentimiento verbal grabado y se garantizó el anonimato de los participantes. Estas medidas adquirieron especial relevancia debido a que la investigación abordó experiencias relacionadas con el consumo de sustancias ilegales, un contexto en el que el temor a sanciones y al juicio social puede limitar la disposición de las personas a narrar abiertamente sus experiencias
Resultados
Los relatos muestran que la experiencia mediada por el tusi difícilmente puede describirse como un estado homogéneo. Sus variaciones no dependen únicamente de las condiciones subjetivas y contextuales del consumo -como ampliamente se señala en términos de set y setting-, sino de una característica material que es propia de la mixtura, la ausencia de una fórmula estandarizada. Sobre esta incertidumbre se configura una experiencia igualmente variable, en la que se superponen estimulación y sedación, intensificación sensorial y desconexión corporal, apertura hacia los otros y repliegue sobre sí mismo. Así, más que categorías excluyentes, los hallazgos muestran dimensiones que se solapan y entre las cuales los sujetos transitan durante una misma experiencia.
Una mixtura indeterminada: el cuerpo como lugar de reconocimiento
Aunque los participantes identifican principalmente ketamina y MDMA en aquello que consumen como tusi, sus relatos evidencian que no existe una fórmula estable. Cuatro participantes tenían conocimientos directos sobre su preparación —dos elaboraban mezclas para consumo personal y dos participaban en su producción para la venta— y describieron procesos artesanales en los que una base de ketamina podía combinarse con comprimidos comercializados como MDMA, cafeína, colorantes y, ocasionalmente, otras sustancias como medicamentos. Las proporciones tampoco permanecían constantes, la variabilidad de su preparación podía ajustarse en función del efecto buscado por los consumidores, el contexto de consumo o las preferencias -y conocimientos- de quien preparaba la mezcla.
Esta plasticidad permite una suerte de personalización de la experiencia, un ajuste a la medida de los requerimientos de un mercado exigente de novedad. Algunos participantes describieron mezclas preparadas específicamente para determinados eventos o modificadas para producir efectos más visuales, estimulantes o sedantes. La composición se convierte así en una variable activa de la experiencia y, al mismo tiempo, en una fuente permanente de incertidumbre, ya que los propios participantes reconocen que los comprimidos y demás componentes incorporados generalmente no son sometidos a análisis previos.
Frente a esta indeterminación química, los consumidores frecuentes desarrollan un conocimiento práctico basado en la experiencia acumulada. La sedación, la relajación o el enlentecimiento son leídos como señales de predominancia ketamínica, mientras que la energía, la euforia y la experiencia de expansión social son atribuidas al MDMA. Un participante lo sintetizó así: “Siento la Keta, la siento cómo algo que emborracha, pero el M me pone eufórico” (Sujeto 2, Manizales, 2022).
El uso reiterado produce, en este sentido, una suerte de alfabetización psicotrópica, un saber incorporado mediante el cual los usuarios frecuentes aprenden a interpretar una mezcla incierta a partir de sus manifestaciones corporales. El cuerpo deviene simultáneamente como lugar de experimentación y como instrumento empírico de reconocimiento. Sin embargo, este saber no permite determinar la composición química ni anticipar con certeza sus efectos, se trata más bien de una forma de orientación para el consumidor en medio de la incertidumbre, pero no la elimina, al contrario, marca una distancia, entre la percepción de saber lo qué se consume y la imposibilidad de su verificación, exponiendo a los usuarios a mezclas inesperadas, adulterantes o sustancias de sustitución potencialmente tóxicas.
Esta incertidumbre se articula, además, con una dinámica de redosificación. La mayoría de los participantes describieron administraciones sucesivas durante una misma noche o sesión de consumo, en ocasiones cada 15 o 30 minutos, buscando alcanzar o sostener determinado estado, en el que se transita una secuencia de prueba, espera, reconocimiento del efecto, repetición y reajuste de la dosis a partir de lo que percibe corporalmente, hasta que, pasadas varias horas de consumo, la repetición es la única constante. Esta secuencia no responde únicamente a una práctica aprendida de consumo, sino que debe comprenderse también en relación con las propiedades farmacológicas de los componentes que habitualmente conforman la mezcla. En particular, la literatura citada en esta investigación señala el rápido desarrollo de tolerancia asociado al uso repetido de ketamina y la disminución progresiva de los efectos positivos de la MDMA con usos reiterados. En los participantes, esta dinámica coexistía con el reconocimiento de la impredecibilidad y de los posibles daños de la mezcla, sin que dicha percepción necesariamente desincentivara el consumo.
“Quedar instalado”: fenomenología de una experiencia liminal
Una expresión ampliamente utilizada por los participantes para referirse a la aparición del efecto es “quedar instalado”, la cual resulta significativa porque no remite únicamente a que la sustancia “haga efecto”, sino a la entrada de un modo particular de estar en el cuerpo y en relación con el entorno. Más que categorías fijas lo que se presenta aquí son dimensiones de experiencia que emergen de los relatos, donde se describen modificaciones de la percepción visual y auditiva, alteraciones de las coordenadas espacio-temporales, transformación de la experiencia corporal y cambios en el flujo del pensamiento.
La intensificación perceptiva puede hacer que luces, sonidos y movimiento adquieran una presencia envolvente, mientras que el cuerpo deja de experimentarse como un punto estable desde el cual se percibe el mundo y se convierte en un lugar movedizo y de posible desenclave. Uno de los participantes describió:
“Yo me sentía como si fuera una gota de mercurio saliendo de la Matrix. Y en ese momento la visión se me partió […] empecé a ver como rayado. Como cuando se te iba la señal y se ponía verde, azul, verde”.
(Sujeto 12, Medellín, 2023).
La transformación sensorial aparece vinculada a una modificación más amplia de la experiencia corporal. Los participantes refieren sensaciones de flotación, pérdida de movilidad, desdibujamiento de los límites del cuerpo, fusión con estímulos externos y, en experiencias más intensas, separación respecto de la propia corporalidad y autoscopia. En episodios descritos como disociativos o próximos al K-hole, el cuerpo puede experimentarse desde una posición de extrañamiento, como si dejara temporalmente de constituir el centro habitual de la experiencia.
Estas modificaciones corporales ocurren conjuntamente con alteraciones del tiempo y del espacio. El tiempo puede dilatarse, suspenderse o perder su continuidad lineal, mientras el espacio deja de organizarse únicamente a partir de las referencias corporales ordinarias. La experiencia no consiste, por tanto, solamente en percibir estímulos con mayor intensidad, sino en una transformación temporal de las coordenadas mediante las cuales el sujeto se reconoce situado en el mundo. Estas experiencias son especialmente valoradas por los participantes por la sensación de separación momentánea entre el yo consciente y el cuerpo viviente. Desde esta óptica, la disociación no se reduce a una pérdida de control del propio cuerpo, sino a la suspensión de la intencionalidad del yo habitual que posibilita una forma distinta de estar-en-el-mundo, una en la que no se está del todo.
Los relatos describen asimismo modificaciones cognitivas que oscilan entre una mayor reflexividad, introspección intensa hasta experiencias de silenciamiento interior en las que disminuye el flujo de pensamientos y ruido mental. En este último caso, el efecto es descrito menos como euforia que como apaciguamiento, tratándose de experiencias cargadas de calma mental, desactivación de pensamientos negativos y alivio emocional. Para algunos participantes, el valor de este estado reside precisamente en la posibilidad de interrumpir, al menos momentáneamente, la actividad mental asociada al malestar. Así lo evidencia el siguiente relato:
“Sientes calma, sientes como que todos los pensamientos malos se van y solo quieres disfrutar el momento”
(Sujeto 13, Manizales, 2024)
En conjunto, estas transformaciones configuran una experiencia liminal. Sin embargo, el umbral no aparece solamente como el momento de entrada desde la sobriedad hacia un estado modificado de consciencia. Lo característico del trance mediado por el tusi es la posibilidad de permanecer temporalmente en una condición difícil de fijar en uno de sus extremos: entre activación y sedación, percepción del cuerpo y extrañamiento corporal, interioridad y apertura sensorial, presencia y ausencia. La indeterminación constituye, por tanto, una propiedad recurrente de la experiencia narrada.
Entre la conexión y el repliegue, estar con otros desde el umbral
La indeterminación también atraviesa la dimensión relacional. Los participantes describen experiencias de cercanía afectiva, facilidad en la socialización, pérdida temporal de ciertas inhibiciones y sensación de sincronía con quienes comparten la experiencia festiva. En este registro, el tusi no se experimenta exclusivamente como una modificación individual de la consciencia, sino como una experiencia que puede ampliar temporalmente la sensación de pertenencia al grupo.
Esta dimensión se hace visible en las prácticas de circulación de la propia mezcla. Los participantes señalaron que no siempre es necesario comprar tusi antes de asistir a una fiesta porque es frecuente que circule entre amigos y conocidos. Ofrecerlo puede formar parte del encuentro: “Llegas a una fiesta en la que todo el mundo te aprecia, todo el mundo te quiere […] el saludo ahora es así: ¿hola, cómo estás? Ven, yo te doy un pase” (Sujeto 5, Manizales, 2022).
Bajo esta lógica, el pase compartido adquiere así una dimensión que excede la administración de una sustancia, opera como gesto de reconocimiento, integración y complicidad. En los relatos, el tusi aparece reiteradamente asociado a “estar en el parche”, participar de una práctica colectiva y reconocer determinados códigos de la escena festiva, particularmente de música electrónica. De esta manera, funciona como una suerte de pasaporte simbólico que permite habitar el espacio festivo contemporáneo desde la complicidad química.
Esta dimensión colectiva convive, sin embargo, con experiencias en contraste diferentes, especialmente cuando predominan los efectos identificados por los participantes como ketamínicos, en los que se relatan mayor introspección, disminución de la expresividad, dificultades para comunicarse y distanciamiento respecto de quienes se encuentran alrededor. Esto subraya que el mismo estado que ocurre en clave colectiva puede conducir, paradójicamente, hacia una experiencia profundamente aislada. En esta misma línea, se alude a que el tusi lejos de ser una sustancia de ascenso -como se promovió en sus inicios al situarse en grupos de elite-, termina sumiendo a las personas en estados depresivos comparándose incluso con el basuco como símbolo de pérdida y caída. Estas voces problematizan la promesa de vida que representó el tusi en sus inicios, una promesa de conexión, éxito y felicidad, que finalmente deviene en agotamiento, desesperanza y desconexión afectiva:
“Literal las nenas escuchan eso y piensan que consumir está bien, o los pelados, escuchan que con un punto vamos a llegar a la cima, que con la venta de drogas vamos a hacer todo y no es así. Entonces siento que la gente ya se está rayando a través de una droga que en sí, es solo para tu sentirte bien en un momento, para abrir los sentidos. (Sujeto 13, Medellín, 2024)
Esta tensión resulta relevante porque impide reducir el significado relacional del tusi a la conexión. La experiencia se puede aproximar y distanciar dentro de una misma secuencia, en la que se puede intensificar la percepción de los otros y, posteriormente, favorecer el repliegue; circular como práctica colectiva y desembocar en un estado de aislamiento subjetivo. Los relatos permiten observar, entonces, una forma particular de estar con otros, donde habita una estancia física y un desenclave simbólico.
Algunos participantes interpretan esta transformación críticamente y señalan que la progresiva normalización del tusi dentro de la fiesta ha coincidido, desde su percepción, con una disminución de la interacción y de la corporalidad compartida. Este hallazgo debe entenderse como una interpretación de los propios entrevistados y no como evidencia de una transformación general de la cultura electrónica. Lo que sí muestra el material es una tensión entre dos modalidades de experiencia colectiva: una basada en la expansión afectiva -asociada con la predominancia del MDMA en el contexto rave- y otra, en la coexistencia física de sujetos que pueden encontrarse subjetivamente replegados.
Entre el exilio y la permanencia: los significados de la fuga
Cuando los participantes interpretan retrospectivamente sus experiencias, el tusi adquiere significados heterogéneos. Algunos relatos lo vinculan con introspección, autoconocimiento, catarsis o reconocimiento de límites; otros con pertenencia, alivio, evasión y suspensión del malestar. Estas significaciones no constituyen necesariamente posiciones estables, puesto que una misma persona puede atribuir sentidos diferentes a experiencias ocurridas en distintos momentos de su trayectoria de consumo.
Se encuentra que las experiencias particularmente intensas o desbordantes pueden funcionar como acontecimientos que interpelan la relación del sujeto consigo mismo. Algunos participantes narraron episodios desafiantes de modificación de consciencia que posteriormente los llevaron a cuestionar sus prácticas, seleccionar con mayor cuidado aquello que consumían o revisar el lugar que el tusi estaba ocupando en su vida. El estado disociativo puede adquirir incluso un significado retrospectivamente reflexivo:
“Después de eso, del K-hole, fue como ese momento de decir, ok, mira lo que es capaz de llegar el cuerpo y la mente. Entonces, conoces tus límites. Me hizo pensar qué voy a hacer después de esa experiencia […] Algo me tuvo que haber dejado personalmente”.
(Sujeto 12, Medellín, 2023).
En estos casos, la experiencia no es valorada exclusivamente por el placer producido durante el consumo, sino por el estado de vulnerabilidad devenido y todo aquello que la experiencia permite reconocer posteriormente. Así, el desbordamiento puede convertirse en un límite desde el cual se hace posible revisar decisiones, emociones y prácticas. El tusi aparece entonces no solamente como catalizador de sensaciones, sino como una experiencia que, bajo determinadas circunstancias, confronta al sujeto con aspectos de sí mismo.
Sin embargo, otro conjunto de relatos desplaza el significado hacia una dirección diferente. Algunos participantes relacionan el aumento del consumo con momentos de soledad, vacío, depresión o necesidad de afecto y describen el efecto buscado mediante expresiones como “no pensar”, “estar en otro lado”, “estar borrado” o “estar ido”. Un participante lo expresó de la siguiente manera:
“Con el tusi me siento como complacido de todo, mor, de que no tengo que pensar en nada; así tenga problemas me mantiene como en otro lado, de que los problemas se van […] pura felicidad”.
(Sujeto 4, Manizales, 2022).
Otro fue todavía más explícito: “El tusi no es para tú tener un viaje placentero, sino para estar borrado, para estar ido” (Sujeto 7, Manizales, 2023). En otro relato, el incremento del consumo fue asociado directamente con un periodo depresivo: “Yo siento que aumenté mucho el consumo cuando estaba en depresión […] tú lo quieres hacer todo el tiempo, sentirte bien” (Sujeto 13, 2024).
Estos relatos introducen una distinción relevante entre buscar placer y buscar suspensión. En ellos, aquello que se persigue no es necesariamente una experiencia eufórica, sino la interrupción temporal del pensamiento, del malestar o de una forma de presencia que se experimenta como densa. Es aquí donde aparece la fuga, como posibilidad de desligarse de un presente que se percibe en llamas. Sin embargo, lo particular de esta fuga es su condición paradójica de arraigo en el que el sujeto permanece en la fiesta, con los otros y, en ocasiones, dentro de un cuerpo que continúa habitando aunque pueda experimentarlo desde la distancia. No se trata entonces de huir, sino de ensayar otra manera de permanecer, abriendo temporalmente la posibilidad de experimentarse a sí mismo y al mundo desde otra forma de subjetividad.
Este significado adquiere mayor complejidad porque el tusi también aparece fuera del espacio festivo. Algunos participantes reportaron su uso para sostener jornadas laborales, combatir el cansancio, concentrarse o prolongar actividades nocturnas. DJs, promotores, fotógrafos, personas que realizan actividades sexuales pagas y trabajadores vinculados a la noche describieron usos funcionales, mientras otros señalaron consumir durante jornadas laborales diurnas. Esta evidencia introduce una aparente paradoja: la misma mixtura puede utilizarse para sostener las demandas de la actividad y para suspender subjetivamente algunas de sus cargas, lo cual pone de manifiesto que no se trata únicamente de escapar del mundo, sino también, en ciertos casos, de continuar funcionando dentro de él y es allí donde el tusi podría comportar un sentido funcional asociado a la optimización.
En este punto, la condición liminal vuelve a aparecer, ahora como significado. El tusi puede facilitar pertenencia y aislamiento, intensificación y apaciguamiento, rendimiento y retirada, exploración y evasión. La experiencia no se resuelve necesariamente en uno de estos polos y es allí donde radica su complejidad. Su particularidad, tal como aparece en los relatos analizados, reside precisamente en la posibilidad de transitar entre ellos.
Por ello, la fuga emerge menos como abandono y más como una modalidad temporal de permanencia, como una suerte de estrategia vital para subvertir el mundo contemporáneo. En algunos relatos se expresa como una práctica para la suspensión, asociado con disminuir el pensamiento, aliviar el peso emocional, interrumpir problemas o producir una distancia respecto de sí mismo sin desaparecer completamente del entorno. Esta búsqueda puede describirse como un deseo de levedad, entendida aquí no como ausencia de experiencia, sino como disminución momentánea de aquello que el sujeto experimenta como carga. Desde esta perspectiva, el umbral que caracteriza la experiencia corporal reaparece en su significado ambivalente: estar y no estar, permanecer y retirarse, habitar el presente produciendo temporalmente una distancia respecto de él. Así la experiencia del tusi -aunque fugaz, anestesiada o incluso alienante- también puede ser leída como un gesto de subsistencia subjetiva, una estrategia para afrontar un presente que colapsa sin desaparecer del todo.
Discusión
Los hallazgos permiten comprender la embriaguez mediada por el tusi como una experiencia difícil de fijar en categorías estables. Su particularidad no parece encontrarse exclusivamente en la combinación de determinados efectos farmacológicos, sino en la posibilidad de transitar por estados que aproximan y distancian, activan y sedan, arraigan y desenclavan. Esta indeterminación comienza en la propia materialidad del tusi, una mixtura sin fórmula estable, susceptible de ser modificada y personalizada, cuyo contenido efectivo rara vez es conocido con certeza por quien la consume. Frente a ello, los usuarios frecuentes desarrollan un saber sensible que les permite orientarse empíricamente dentro de la incertidumbre, reconociendo a través del cuerpo efectos que atribuyen principalmente a la ketamina y al MDMA. Sin embargo, conocer corporalmente la mixtura no significa saber qué contiene, acá, el ensayo y error permanece como condición de la experiencia, incluso entre quienes se reconocen expertos por trayectoria.
Esta indeterminación material encuentra una correspondencia —sin que pueda establecerse entre ambas una relación causal directa— con la estructura fenomenológica de la experiencia. Los relatos no describen simplemente el tránsito de un estado sobrio hacia otro de embriaguez, sino la instalación temporal en una zona intermedia. Quedar instalado supone ingresar en una forma distinta de presencia donde se modifican las referencias habituales del cuerpo, el tiempo, el espacio, la cognición y la relación con los otros. La experiencia adquiere así un carácter de umbral caracterizado por no ser completamente interior ni exterior, estimulante ni sedante, conectivo ni disociativo. Lo característico no es únicamente atravesar ese umbral, sino permanecer por un tiempo en su condición indeterminada.
Desde esta perspectiva, la ambivalencia identificada inicialmente en la investigación puede precisarse fenomenológicamente como liminalidad. Hablar únicamente de ambivalencia podría sugerir la existencia de dos estados opuestos entre los cuales habría que escoger; el umbral, en cambio, permite comprender su coexistencia. El sujeto puede sentirse profundamente arraigado a la escena festiva y experimentar simultáneamente un desenclave respecto de ella; puede encontrarse corporalmente junto a otros mientras se repliega hacia una experiencia interior; puede buscar intensidad sensorial y, al mismo tiempo, valorar la suspensión de aquello que le resulta excesivamente denso. La indeterminación no constituye entonces un defecto que deba resolverse para comprender la experiencia, más bien parece ser una de las condiciones desde las cuales esta adquiere sentido.
Arraigo y desenclave: habitar el umbral
Esta estructura encuentra un punto de diálogo especialmente fértil con la noción de arraigo dinámico propuesta por Maffesoli. Para el autor, la errancia no se opone de manera simple al arraigo, pues “para que la fuga cobre sentido tiene que efectuarse sobre algo estable” (Maffesoli, 1997, p. 81). La fuga necesita un territorio desde el cual producirse. En los relatos analizados, ese territorio se concreta en el cuerpo, la fiesta, el grupo, la música y las coordenadas de una realidad que continúa allí aun cuando el sujeto modifique temporalmente su manera de habitarla.
Esto permite comprender por qué la experiencia de tusi no puede reducirse a una oposición entre presencia y ausencia. El cuerpo permanece, pero puede dejar de sentirse como centro estable de la experiencia; los otros permanecen, aunque el vínculo con ellos se vuelva lejano; la música y la fiesta continúan, mientras las coordenadas espacio-temporales pierden familiaridad. Se produce entonces una forma de desenclave que no exige abandonar materialmente el mundo. La experiencia abre un “otro lugar” dentro del lugar que ya se habita.
En este sentido, la fuga que emerge en los relatos es paradójicamente una fuga con arraigo. No se trata necesariamente de irse, sino de ensayar otra manera de permanecer. La experiencia permite desligarse momentáneamente de ciertas coordenadas de la presencia ordinaria sin romper por completo con ellas. De allí que expresiones como “estar ido”, “estar borrado” o “estar en otro lado” resulten fenomenológicamente significativas puesto que no describen una desaparición literal, sino una modificación de la relación del sujeto con aquello que es familiar.
Esta lectura también permite problematizar cualquier interpretación estrictamente dualista de la mixtura. En las conclusiones iniciales de la tesis se proponía la imagen de “un cuerpo contenido por el MDMA, una mente liberada por la ketamina”. Aunque esta formulación captura la tensión percibida por algunos participantes entre los componentes, los resultados del artículo muestran una experiencia menos ordenada. No hay un componente que pueda asignarse de manera estable al cuerpo y otro a la mente, del mismo modo que no existe una separación fenomenológica simple entre ambos. Más precisamente, la mixtura es experimentada como algo que aproxima y distancia, activa y seda, arraiga y desenclava, produciendo diferentes modulaciones de una misma experiencia encarnada.
La fuga y la búsqueda de levedad
La pregunta más relevante que emerge de esta experiencia no es solamente qué efectos produce el tusi, sino qué hace deseables esos efectos. Esta distinción resulta particularmente importante frente a la disociación. Desde una lectura exclusivamente clínica o farmacológica, el distanciamiento corporal, la desorientación espacio-temporal o la pérdida parcial de referencias pueden aparecer fundamentalmente como efectos adversos. Sin embargo, los relatos muestran que, para algunos consumidores, separarse temporalmente de la familiaridad del cuerpo y del mundo constituye precisamente una dimensión valorada de la experiencia.
El cuerpo aparece aquí como una frontera que se busca traspasar. Desligarse de su peso, suspender temporalmente del yo habitual y experimentarlo desde la distancia permite acceder a una forma de presencia que algunos participantes describen como liviana, silenciosa o flotante. La disociación no significa necesariamente pérdida de sentido; en ciertas experiencias puede adquirirlo precisamente porque suspende las coordenadas desde las cuales el sujeto se reconoce habitualmente a sí mismo.
Esta búsqueda se hace más explícita cuando los participantes dejan de hablar del tusi en términos de diversión y comienzan a nombrar el deseo de no pensar, estar borrados, estar idos o permanecer en otro lado. Allí aparece una distinción central entre buscar placer y buscar suspensión. La embriaguez deja de estar organizada exclusivamente alrededor de la euforia y se desplaza hacia el apaciguamiento, el silenciamiento y la posibilidad de producir una distancia temporal frente a aquello que se experimenta como denso.
Estos hallazgos pueden dialogar con la noción de algofobia propuesta por Han (2021), en la que se describe una relación contemporánea con el dolor caracterizada por su rechazo y por la proliferación de mecanismos orientados a neutralizarlo. En su lectura, la creciente soledad y pérdida de cercanía amplifican el sufrimiento, mientras este tiende a ser administrado como un problema individual. Los relatos de esta investigación no permiten afirmar que la algofobia explique causalmente el consumo de tusi, pero sí muestran una resonancia significativa, en la medida que algunos participantes describen la sustancia como una posibilidad de suspender problemas, silenciar contenidos dolorosos o producir temporalmente un estado en el que aquello que pesa deja de hacerlo con la misma intensidad.
La levedad adquiere entonces un significado particular. No implica necesariamente ausencia de estímulos —la fiesta electrónica es, precisamente, un territorio de intensificación sensorial— sino la posibilidad de habitar el mundo sin sentir momentáneamente todo su peso. Esta coexistencia entre intensidad exterior y apaciguamiento interior ayuda a comprender una de las aparentes contradicciones de la experiencia: puede buscarse un entorno saturado de música, cuerpos, luces y movimiento para producir, paradójicamente, una forma de silencio.
Entre la comunión química y el repliegue
Esta búsqueda de suspensión ocurre, paradójicamente, dentro de un territorio históricamente organizado alrededor del encuentro. Las cartografías del goce reconstruidas durante el trabajo de campo muestran la fiesta electrónica como un espacio donde música, danza, cuerpo y consumo de sustancias participan en la producción de formas intensificadas de sociabilidad. En este sentido, Saunders y Doblin (1996) han señalado que prácticas festivas frecuentemente interpretadas desde fuera como meramente hedonistas pueden ser vividas por sus participantes como experiencias de conexión, revelación subjetiva y encuentro significativo con otros.
El tusi participa de esa sociabilidad. Compartir un pase, preparar conjuntamente la mezcla, reconocer determinados códigos de consumo o simplemente ofrecerla como parte del saludo convierte a la sustancia en algo más que un vehículo farmacológico. En determinados circuitos funciona como pasaporte simbólico, produce complicidad química y permite reconocerse como parte del parche. Su circulación material produce también circulación afectiva toda vez que alguien ofrece, otro recibe, los cuerpos se aproximan y la práctica reafirma temporalmente una pertenencia dentro de una comunidad mayor que encuentra en la fiesta un espacio de liberación y validación.
Pero justamente aquí aparece una de las tensiones más interesantes de los hallazgos, y es que se comparte aquello que también permite retirarse.
La sustancia que circula colectivamente puede facilitar una experiencia profundamente interior. El pase aproxima los cuerpos, mientras la experiencia puede distanciar subjetivamente a quien lo recibe. En los estados percibidos como predominantemente ketamínicos aparecen el ensimismamiento, la disminución de la expresividad y la dificultad para relacionarse con el entorno. La fiesta puede continuar funcionando como territorio de arraigo mientras el sujeto produce dentro de ella su propio movimiento de fuga.
Más que concluir que el tusi está sustituyendo una antigua comunidad rave por una experiencia individualista —algo que el diseño de esta investigación no permite demostrar—, los hallazgos muestran la aparición de formas de sociabilidad atravesadas por grados distintos de presencia. Los propios participantes perciben cambios en las maneras de interactuar dentro de la fiesta, en la que es observable la coexistencia de cuerpos reunidos que pueden encontrarse, mientras simultáneamente, habitan procesos subjetivos de repliegue.
El tusi condensa así una tensión entre comunión y disociación que no se resuelve en ninguno de sus extremos.
Fugarse para permanecer, desconectarse para continuar
La salida del tusi del espacio estrictamente festivo complejiza todavía más esta interpretación. Los usos reportados en jornadas laborales, actividades nocturnas, espacios domésticos y otros escenarios muestran que la mixtura no se utiliza exclusivamente para producir una ruptura con la cotidianidad. En determinados participantes también aparece como recurso funcional para disminuir el cansancio, sostener jornadas extensas o facilitar la concentración.
Este hallazgo introduce una tensión que merece atención, y es que la misma sustancia puede utilizarse para retirarse de ciertas exigencias de la experiencia y para continuar respondiendo a ellas. Fuga y rendimiento no necesariamente aparecen como movimientos opuestos. En determinados usos, la modificación de la consciencia permite prolongar la permanencia en una actividad, soportar el cansancio o modular estados emocionales que dificultan continuar, en últimas, el tusi puede facilitar la reproducción de las mismas lógicas que justamente busca apaciguar: el rendimiento, la optimización.
Es aquí donde la lectura de Han adquiere una segunda posibilidad. Su crítica a las formas contemporáneas de autoexigencia permite interrogar aquellas prácticas mediante las cuales el sujeto administra privadamente el cansancio, el dolor y la necesidad de continuar. Como advierte el autor, “mientras nos esforzamos en vano por curar la propia alma, perdemos de vista las situaciones colectivas que causan los desajustes sociales” (Han, 2021, p. 33). Desde esta perspectiva, algunos usos del tusi pueden leerse en relación con formas individualizadas de gestión del malestar, lo cual se evidencia en los relatos con menciones asociadas a la disminución del cansancio, suspensión de malos pensamientos, distanciamiento de la realidad sin necesariamente abandonar las exigencias que configuran la vida contemporánea.
Sin embargo, reducir el fenómeno a un dispositivo químico de rendimiento es insuficiente. Otros participantes buscan precisamente lo contrario, no producir más, no continuar pensando, no sostener momentáneamente las exigencias de su realidad. Entre ambas posibilidades aparece nuevamente la indeterminación. El tusi entonces puede acompañar la prolongación de la actividad o su suspensión subjetiva, intensificar el presente o volverlo distante. Su significado depende de la trayectoria, el contexto, la mixtura y aquello que el sujeto intenta producir —o dejar de producir— mediante la experiencia.
Esta ambigüedad también obliga a revisar las respuestas centradas exclusivamente en el riesgo. Los consumidores frecuentes no aparecen en los relatos como sujetos pasivos o completamente desinformados, más bien desarrollan conocimientos situados, identifican efectos, seleccionan proveedores, modifican mezclas y establecen estrategias de cuidado. No obstante, este saber sensible convive con una incertidumbre irreductible respecto de la composición y con prácticas de ensayo y error que pueden exponerlos a sustancias inesperadas y efectos potencialmente tóxicos. Reconocer la agencia del consumidor no exige, por tanto, idealizar su capacidad de control.
La tensión entre percepción y verificación ayuda a comprender por qué la percepción del riesgo puede coexistir con su relativización y por qué informar únicamente sobre peligros farmacológicos resulta insuficiente para explicar la persistencia del consumo.
Lo que la embriaguez del tusi permite interrogar
Leído desde esta perspectiva, el tusi no constituye únicamente una nueva presentación dentro del mercado de sustancias ni una suma variable de ketamina, MDMA y otros componentes. Su interés fenomenológico reside en aquello que permite hacer visible acerca de las relaciones entre cuerpo, consciencia, alteridad y malestar. Los participantes buscan experiencias diferentes y les atribuyen sentidos también diferentes; por ello, no sería adecuado convertir el consumo en síntoma unívoco de una generación ni interpretar toda experiencia como expresión de sufrimiento. Sin embargo, la recurrencia de ciertas imágenes —silencio, fuga, suspensión, levedad, desenclave, “estar borrado”, “estar ido”— obliga a tomar en serio el valor que adquiere temporalmente dejar de estar de la manera habitual.
En este punto, la pregunta por el tusi se desplaza. Ya no se trata únicamente de establecer qué contiene, cuánto daño puede producir o por qué los jóvenes deciden consumirlo —preguntas necesarias, pero insuficientes para comprender el mundo vivido—, sino de interrogar qué encuentran en esa particular forma de embriaguez que hace deseable aproximarse al umbral y asumir el riesgo de la incertidumbre. Los relatos muestran que allí pueden encontrarse placer, pertenencia, curiosidad, exploración de los propios límites y reflexividad, pero también alivio, silenciamiento, repliegue y fuga.
Esto permite recuperar la imagen que atraviesa la investigación: entre las luces y las sombras. No como oposición moral entre experiencias buenas y malas, sino como expresión de una experiencia que permanece indeterminada. Las luces también pueden producir desenclave y las sombras pueden adquirir significados trascendentales; una experiencia desafiante puede generar reflexividad y una experiencia placentera puede sostener una trayectoria problemática. Así, la fenomenología obliga precisamente a resistir la tentación de resolver demasiado pronto estas tensiones.
La embriaguez mediada por el tusi aparece así como una experiencia de umbral entre el exilio y la permanencia. El sujeto se aproxima a los otros mientras puede retirarse de ellos; intensifica la percepción mientras busca silenciar aquello que se cansa de sostener; permanece corporalmente situado mientras experimenta formas de extrañamiento respecto de su propio cuerpo y entonces experimenta otra forma de estar. La fuga por tanto, no exige necesariamente desaparecer, sino producir una distancia suficiente para continuar habitando aquello de lo que, por un momento, se necesita reposo.
Desde allí puede formularse una implicación central para la comprensión y el acompañamiento de estas prácticas. Si parte del valor atribuido al tusi reside precisamente en su capacidad para producir conexión, suspensión, levedad, introspección o fuga, las intervenciones no pueden limitarse a advertir que tales experiencias implican riesgos. Necesitan comprender qué función cumple la embriaguez en el mundo de vida de quien la busca. Antes que interrogar exclusivamente cómo impedir la fuga, quizá resulte necesario comprender de qué se fuga el sujeto, qué encuentra en ese otro lugar y qué le permite regresar, permanecer o transformarse después de haber atravesado el umbral.
Conclusiones
Esta investigación permitió comprender la embriaguez mediada por el tusi como una experiencia liminal e indeterminada, cuyo sentido no se agota en sus efectos farmacológicos. En los relatos, la modificación de la consciencia se configura como un umbral entre formas distintas de presencia que devienen en conexión y repliegue, arraigo y desenclave, intensidad y suspensión. En este tránsito, la fuga no implica necesariamente abandonar el mundo, sino ensayar temporalmente otras maneras de permanecer en él. El tusi puede operar así como mediador de pertenencia, exploración y reflexividad, pero también como posibilidad de silenciamiento, levedad y distanciamiento frente a aquello que se experimenta como denso.
Estos hallazgos deben comprenderse dentro de los límites de una investigación cualitativa situada, realizada con 16 jóvenes vinculados principalmente a escenas de música electrónica de Manizales y Medellín, con una participación mayoritariamente masculina y trayectorias de consumo frecuentes. Además, la composición de las muestras consumidas durante las experiencias narradas no siempre fue verificada químicamente, por lo que las atribuciones a ketamina, MDMA u otros componentes corresponden a la percepción de los participantes y a sus declaraciones sobre la composición, y no permiten establecer relaciones farmacológicas directas. Estas condiciones limitan cualquier generalización hacia otros consumidores, territorios o formas de tusi, pero ofrecen una mirada que se espera pueda ser considerada para evitar reduccionismos frente al fenómeno complejo que hoy comporta el tusi.
Más que respuestas orientadas exclusivamente a evitar el consumo, los hallazgos plantean la necesidad de acompañar las experiencias y comprender las necesidades que las sostienen. La reducción de riesgos y daños requiere combinar información y análisis de sustancias con espacios capaces de reconocer al usuario de drogas como interlocutor válido y de abordar aquello que aparece alrededor de la experiencia, la búsqueda de pertenencia, el cansancio, la soledad, la necesidad de suspensión o el deseo de fuga. Futuras investigaciones deberán profundizar especialmente en las diferencias de género y en la expansión del tusi más allá de la fiesta, principalmente entre las juventudes menores de edad.
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