El análisis del fenómeno de las sustancias psicoactivas en Colombia exige desentrañar cómo dos preparados de naturaleza química y temporalidad disímiles comparten trayectorias sociológicas, quimicas y epidemiológicas paralelas. El basuco, consolidado en la década de 1980, y el “tusi”, que alcanza su masificación en el año 2026, representan dos momentos críticos de la historia del consumo, la cultura y el narcotráfico en América Latina, que al ser comparados pueden mostrar el futuro que nos depara y cómo podemos actuar para minimizar su impacto negativo. Aquí este análisis.
Por: Échele Cabeza
El 26 de octubre de 2012, la revista semana lanzaba al estrellato el “tusibi” como “La traba de la élite: La droga sintética de moda en la rumba bogotana”, 26 años antes, en 1986, El periódico el País de España registraba el basuco como “La droga de moda de los ejecutivos de Colombia”. Hoy 40 años después de este anuncio, tres similitudes afloran de manera espontánea en estos dos reportes, el primero es la prensa, la que de forma espectacular, anuncia la presencia de las drogas poniendo en marcha la mejor y más barata campaña de free press para una droga, el segundo aspecto, es el carácter diferencial asociado al estatus que marca en las sustancias, a una le dice “droga de élite” y a la otra la bautiza como la “droga de moda entre ejecutivos” y el tercer aspecto, es que las dos son sustancias de origen Colombiano, producidas y masificadas en Colombia, no vinieron de afuera, nacieron de aquí para el mundo.
Pero los aspectos similares entre el basuco y el tusi no solo son estos que se perciben a simple vista, también hay más variables de análisis que permiten inferir con sólido sustento sociológico, que tanto la sustancia, como el fenómeno social, económico, estético y cultural que marcó el inicio, auge y decadencia del basuco en la década de los 80s y 90s, se repiten como un patrón similar en su esencia en lo que hemos observado y analizado en los últimos 15 años en Colombia y Latinoamérica con el fenómeno del tusi y que quizás puedan darnos pistas de cómo se está manifestado la decadencia de este preparado y sus usuarios en las próximas décadas.
Pero antes de eso es importante iniciar con un contexto sobre qué son este par de sustancias, definición, composición química y sociogénesis, para luego adentrarnos en las similitudes más relevantes entre las dos sustancias, desde su origen hasta su contexto de consumo mercado de circulación, para terminar con algunos planteamientos de escenarios futuros que nos pueden esperar con el tusi, considerando la trayectoria de decadencia del basuco. Como un plus al final del texto, entregamos lo que consideramos diferenciales entre ambos fenómenos psicoactivos.
El basuco: la fracción cruda y neurotóxica de la coca
El basuco o bazuco (base sucia de coca) es una sustancia psicoactiva compuesta principalmente por la extracción de alcaloides de la hoja de coca (Erythroxylum coca) que no llegan a ser completamente procesados para convertirse en clorhidrato de cocaína. Se le define técnicamente como pasta base de cocaína o base sucia de coca, siendo una forma de cocaína fumable y un potente estimulante para el sistema nervioso central y periférico.
Su proceso de fabricación artesanal e industrializado de bajo costo involucra el secado y machacado de las hojas de coca, a las cuales se les adiciona permanganato de potasio, queroseno u otros hidrocarburos, gasolina roja, ácido sulfúrico y solventes como la acetona. El filtrado subsiguiente da como resultado una mezcla semisólida de color amarillo o grisáceo. A diferencia del crack estadounidense, que se obtiene mediante la reversión del clorhidrato de cocaína purificado calentándolo con bicarbonato de sodio y agua, el basuco es un subproducto previo y mucho más crudo, cargado de impurezas de arrastre del procesamiento agrícola. Contrario a lo que se cree, no es el residuo de la fabricación de la cocaína, es un proceso previo antes de ser cocaína.
Químicamente, el basuco es un sulfato de cocaína no hidrosoluble, al no disolverse en agua, su inhalación intranasal (esnifado) no produce el efecto deseado, lo que obliga a su consumo por vía pulmonar mediante combustión. Se fuma comúnmente en pipas artesanales de tubos de cloruro de polivinilo (PVC), aluminio o plástico, sobre una base de cenizas de cigarrillo o tabaco, y con frecuencia mezclado con marihuana (en el combinado conocido como “maduro”). El punto de fusión menor de la cocaína base permite su volatilización al exponerse al calor, pero el paso directo del fuego degrada una parte de la sustancia por pirólisis. Este proceso da lugar a un producto de degradación específico denominado metilecgonidina o anhidroecgonina metil éster (AEME), un metabolito altamente neurotóxico que no se presenta en ninguna otra vía de administración de la cocaína y que ejerce un deterioro neurológico irreversible en los usuarios.
Antecedentes y auge del basuco (1970 – 1990)
El surgimiento del consumo de basuco en Colombia no puede entenderse sin la previa transformación de las culturas psicoactivas en el país. El punto de visibilización del consumo de drogas recreativas modernas en el territorio nacional se sitúa entre el 18 y el 20 de julio de 1971 con la realización del Festival de Ancón (o ANNCON) en el municipio de La Estrella, Antioquia. Este evento, inspirado en el Festival de Woodstock de 1969 en Estados Unidos, puso sobre la mesa el consumo público de marihuana y LSD entre los jóvenes de la época, atrayendo tanto la condena eclesiástica como la atención de las élites clasistas y figuras mediáticas de la televisión colombiana. A la par de esta visibilización cultural, la costa caribe colombiana experimentó la conocida “Bonanza Marimbera” entre 1975 y 1985, un periodo caracterizado por la bonanza del narcotráfico de cannabis —con variedades apetecidas como la Colombian Gold, Punto Rojo y Santa Marta Golden— hacia Norteamérica y Europa, y que contó con una temprana y documentada incorporación de sectores militares al negocio ilegal.
Hacia finales de la década de 1970, el auge de la marihuana comenzó a ser desplazado por la producción masiva de clorhidrato de cocaína. El tráfico doméstico de pasta base se inició de forma rudimentaria cuando contrabandistas locales transportaban la base de cocaína desde Perú y Bolivia a través de Ecuador en vehículos particulares para procesarla en laboratorios de Medellín y despacharla hacia el mercado estadounidense.
A medida que el clorhidrato de cocaína requería grandes capitales de inversión, respetadas familias de la sociedad colombiana ingresaron al negocio en una época en la que la actividad no cargaba con el estigma ni la violencia sistemática que adoptaría después. Este proceso social quedó retratado en la literatura de la época, como en la novela Cuando quiero llorar no lloro de Miguel Otero Silva, adaptada a la televisión colombiana en 1991 como “Los Victorinos”, donde personajes de clase alta se involucraron activamente en el negocio y el consumo de estimulantes.
El excedente de producción de pasta base que los carteles no lograron exportar comenzó a inundar las ciudades colombianas, dando origen al mercado interno del basuco. Inicialmente, el basuco se posicionó como una sustancia sofisticada. En 1986, periódicos internacionales reportaban el florecimiento de exclusivos locales y “clubes de socios de basuco” en elegantes sectores residenciales de Bogotá, donde altos ejecutivos, empresarios y personas de abundantes recursos económicos consumían la sustancia en un ambiente de negocios apoltronado en butacas. Datos oficiales del Ministerio de Salud revelaban que en 1984, de una población de 28 millones de habitantes, ya existían 1.200.000 fumadores de basuco en Colombia, y estudios privados estimaban que entre el 3% y el 5% de la población nacional lo había consumido alguna vez en la vida.
Sin embargo, el vertiginoso poder adictivo de la sustancia y el desplome de su precio —llegando a costar apenas 150 pesos por papeleta en tierra caliente e, incluso, a ser distribuida gratuitamente para enganchar nuevos usuarios— generaron un desplazamiento acelerado de consumidores provenientes de las clases acomodadas hacia los sectores más vulnerables de la sociedad. Para mediados de la década de 1980, la Revista Semana alertaba sobre la propagación del basuco bajo el título “Bazuco, el vicio del diablo”. La sustancia desplazó el consumo de marihuana e inauguró la era de las grandes zonas de expendio urbano u “ollas”. En Bogotá, los cargamentos llegaban a la Plaza de los Mártires camuflados en buses de la Flota Bolivariano o en camiones cisternas de agua para evitar que las autoridades detectaran su fuerte olor químico, distribuyéndose rápidamente a lo largo de la Avenida Caracas (entre calles 26 y 19), Kennedy (donde se vendía en tiendas simulando ser cajas de fósforos o se deslizaba con gaseosas) y el barrio La Perseverancia. En el norte de la ciudad, los jóvenes acomodados realizaban transacciones rápidas desde sus vehículos en marcha frente a los expendios de la carrera 15.
Con el paso de las décadas, los profesionales talentosos y de clases pudientes que cayeron en la adicción terminaron poblando y fundando la mayor “olla” de consumo de América Latina en la segunda mitad del siglo XX: “El Cartucho” en Bogotá. El lugar se llenó de personas con títulos universitarios prestigiosos de quienes popularmente se decía que estaban “llenos de cartones”, no por su ocupación de recicladores, sino por sus diplomas profesionales “perdidos” en el consumo. El mito urbano de que los jíbaros añadían hueso humano molido o “rezado” en los laboratorios del Bronx para generar una dependencia psicológica irreversible fue desvirtuado en el año 2014, cuando el proyecto Échele Cabeza de la Corporación Acción Técnica Social (ATS) analizó químicamente 16 muestras de basuco recolectadas en los principales expendios de Bogotá, demostrando la ausencia total de fosfato o carbonato de calcio característicos de la materia ósea humana.
El tusi: el cóctel sintético de la incertidumbre
El “tusi”, “tusibi” o “cocaína rosada” no constituye una sustancia pura ni el resultado de un proceso de síntesis molecular estandarizado. A pesar de que su denominación fonética (latinización) proviene de la pronunciación en inglés de la molécula psicodélica 2C-B (4-bromo-2,5-dimetoxifeniletilamina, sintetizada por Alexander Shulgin en 1974), las investigaciones químicas de la sociedad civil y de salud pública en los últimos 15 años demuestran que la presencia de la molécula original de 2C-B en el tusi es prácticamente inexistente, situándose por debajo del 5% de su presencia en muestras en la última década,hasta su desaparición en la actualidad.
El tusi se define sociológica y farmacológicamente como un preparado artesanal o cóctel de múltiples sustancias psicoactivas mezcladas físicamente sin una receta fija, cuya composición depende de la disponibilidad de precursores, el criterio del “cocinero” y las dinámicas del mercado no regulado. Los análisis cromatográficos confirmatorios (GC/MS) de laboratorios comunitarios y estatales revelan que la columna vertebral del tusi moderno está compuesta por una mezcla variable de ketamina (un anestésico disociativo de uso clínico y veterinario), cafeína (un estimulante del sistema nervioso de amplio consumo) y derivados anfetamínicos como MDMA (éxtasis) y MDA. El aspecto visual llamativo y el olor frutal característico que engancha a los usuarios se logran mediante la adición de colorantes artificiales para alimentos (anilinas) y saborizantes de repostería (fresa, sandía o uva) que enmascaran el sabor intensamente amargo de las sustancias activas.
En el 2026, el tusi se ha consolidado como una “sopa de fármacos” altamente impredecible. Los análisis químicos evidencian la presencia sistemática de adulterantes de diseño y medicamentos de prescripción restringida como benzodiacepinas (principalmente clonazepam), analgésicos opioides (oxicodona y tramadol), catinonas sintéticas, metanfetaminas, e incluso anestésicos locales como la lidocaína y la pregabalina. Recientemente, la detección de xilacina —un potente sedante y relajante muscular veterinario no apto para humanos— en muestras de tusi consumidas en Bogotá y Medellín, ha encendido las alarmas de salud pública debido a su asociación con cuadros graves de necrosis tisular e isquemia periférica. El tusi se consume de forma predominantemente por vía intranasal (esnifado), mediante su insuflación, aunque también se reportan consumos por vía oral.
Antecedentes, evolución y auge del tusi (2010 – 2026)
La historia del tusi en Colombia comenzó alrededor del año 2010 en Medellín, cuando jóvenes de familias acomodadas introdujeron por correo postal pequeñas cantidades de la molécula psicodélica sintética 2C-B importada de Europa, consumiéndola en cápsulas o en polvo blancuzco dentro de exclusivos clubes de música electrónica. La alta demanda interna y la limitada disponibilidad de la sustancia importada crearon las condiciones óptimas para su falsificación y adulteración masiva. Los distribuidores locales descubrieron que, al triturar ketamina, MDMA y añadir colorante rosa para tortas y saborizantes frutales, lograban una estética sumamente llamativa que enmascaraba el dolor que produce esnifar el polvo de 2C-B puro.
El mercado se consolidó a partir del año 2012, tras la publicación de un reportaje de la revista Semana que etiquetó a la mezcla rosada con el titular “La traba de la élite: La droga sintética de moda en la rumba bogotana“. La descripción mediática de que sus clientes eran “modelos, reinas, actores y políticos” desató un “marketing involuntario de drogas” que disparó su valor simbólico. La geografía del microtráfico de tusi se estructuró a través de figuras clave de la delincuencia organizada. Un delincuente de rango menor conocido con el alias de “Alejo Tusibi” comenzó a fabricar el preparado en Medellín. Tras entrar en conflicto con la organización armada “La Oficina de Envigado”, huyó a Cali y finalmente a Bogotá, donde operó bajo la protección de un capo conocido como “Máquina”. En su apogeo, Alejo vendía de 5 a 8 kilogramos semanales a precios de hasta US$43.000 el kilo al por mayor.
Luego de la captura de Máquina en 2012, Alejo fue secuestrado por el clan de narcotraficantes de la familia Urdinola de Cali, quienes lo obligaron a revelar la fórmula secreta de su preparación A partir de entonces, la receta comenzó a circular informalmente entre distintas redes del mercado ilegal, perdiendo progresivamente su carácter restringido. Ese mismo año, el proyecto Échele Cabeza analizó muestras comercializadas como tusi y documentó públicamente su composición, contribuyendo a esclarecer qué sustancias estaban circulando bajo esta denominación. Con el tiempo, distintas fórmulas y formas de preparación comenzaron también a circular abiertamente en Internet, favoreciendo la diversificación y transformación de la mezcla.. El control del mercado fue asumido posteriormente en el eje cafetero y el occidente del país por bandas como “Los Machos” (aliados de “Los Urabeños” o Clan del Golfo), desatando purgas internas violentas como la ocurrida en Cali en octubre de 2014, que dejó ocho muertos por el control de la distribución del preparado rosado. En 2015, redes trasnacionales de microtráfico como “Los Pri” ya exportaban tusi en cargamentos aéreos a Estados Unidos, Panamá, Ecuador, Perú y Chile.
A partir del año 2017, el tusi experimentó una democratización absoluta, descendiendo de los clubes de música techno a la rumba popular masiva de la periferia urbana, ligada íntimamente al consumo en fiestas de reguetón y del género electrónico conocido como guaracha. En 2023, el Tusi se consolidó como la tercera sustancia más analizada en espacios de ocio nocturno en Colombia por Échele Cabeza, y en el año 2026 el Estudio Nacional de Salud mental la ubicó como la tercera sustancia ilegal más consumida después de la marihuana y la cocaína, además de ser la principal droga sintética de exportación no tradicional de la región. Esta mixtura se ha internacionalizado hacia casi toda América Latina (Chile, Argentina, Uruguay, Panamá, México, Venezuela, Perú) y Europa (especialmente España). El perfil toxicológico actual refleja un aumento crítico en el uso de benzodiazepinas en la mezcla (alcanzando más del 30-34% de las muestras) y catinonas, elevando severamente los riesgos de depresión del Sistema Nervioso Central (SNC) e intoxicaciones graves al combinarse con alcohol.
Para detallar la transición analítica del tusi en el territorio colombiano, la siguiente tabla expone la evolución de los componentes hallados por laboratorios especializados y servicios de testeo comunitarios especialmente el proyecto Échele Cabeza de la Corporación ATS entre los años 2012 y 2026:
| Periodo Temporal | Composición Química Detectada | Contexto Social y Canales de Venta |
| 2012 – 2015 | Presencia residual de 2C-B (~5%), ketamina, MDMA, anfetamina y diluyentes. | Droga de nicho, alta capacidad adquisitiva, fiestas de música electrónica privada. |
| 2016 – 2020 | Ausencia total de 2C-B. Mezclas exclusivas de ketamina, cafeína, MDMA y colorantes alimenticios. | Democratización del consumo, ingreso a estratos populares, bandas sonoras de reguetón y guaracha. |
| 2021 – 2024 | Ingreso masivo de benzodiacepinas (~21%), oxicodona, catinonas sintéticas y metanfetamina. | Consumo masivo en festivales y rumbas populares de bajo costo. |
| 2025 – 2026 | Presencia crítica de benzodiacepinas (~34%), detección de xilacina veterinaria, fentanilo y levamisol. | Alertas de salud pública por necrosis e isquemia. Uso de IA (DroguIA) para autogestión de daños. |
Diez categorías de análisis comparativo entre el basuco y el tusi
Para desentrañar el paralelismo estructural entre estas dos crisis sanitarias y sociales, se proponen diez categorías de análisis comparativo multidimensional:
- Evolución de clase y la democratización del consumo: Tanto el basuco en los ochenta como el tusi en la década de 2020 compartieron un origen de consumo de clase alta y un proceso acelerado de abaratamiento, degradación de calidad y masificación popular. El basuco comenzó en exclusivos clubes de ejecutivos y empresarios adinerados de Bogotá en 1984-1986. En pocos años, la sobreoferta de pasta base y su bajo costo de producción desplazaron el consumo hacia las clases más bajas, convirtiéndose en el indicador definitivo de la indigencia en calle.
El tusi recorrió el mismo camino: nació en 2010 como un sustituto del 2C-B para la rumba electrónica VIP de Medellín y Bogotá, vendiéndose a precios inaccesibles, (US150) para luego descender a través de la cultura de masas (acompañada por su presencia en otros generos como la guaracha y el reguetón) hasta los estratos populares de las grandes urbes, donde en 2026 se vende por menos de $10 USD el gramo en empaques llamativos de colores azul, morado y amarillo, pero especilamente rosado.
- Mecanismos farmacocinéticos, vías de administración y compulsión: La urgencia del consumo y la velocidad con la que ambas sustancias conquistan el sistema de recompensa del cerebro determinan los ciclos de dependencia física y psicológica de los usuarios. El basuco se consume por vía pulmonar (fumado en pipa), lo que permite que el sulfato de cocaína base alcance los alvéolos pulmonares e ingrese de forma casi inmediata al cerebro en un periodo de 15 segundos a 2 minutos. La euforia intensa inicial dura escasos 5 minutos y desciende bruscamente, desencadenando una ansiedad desesperada (craving) por conseguir una nueva dosis.
El tusi se administra predominantemente por vía intranasal (mucosa), lo que genera una subida rápida de efectos estimulantes y de embriaguez. Aunque la duración de sus componentes principales es más larga (ketamina 1-2 horas, MDMA 3-4 horas), el choque metabólico de combinar un depresor anestésico con un estimulante anfetamínico genera un “bajón” acelerado y desgastante. Para contrarrestar el letargo de la ketamina y las benzodiacepinas añadidas, el usuario de tusi recurre a la redosificación constante mediante pequeños “pases” o “paladas” a lo largo de noches enteras de fiesta, consumiendo cantidades que superan con creces el gramo por sesión.
- Patrones de adulteración e incertidumbre del mercado no regulado. La adulteración en ambas sustancias refleja las tecnologías de producción y distribución de sus respectivas épocas históricas, moviéndose de lo crudo-industrial a lo químico-farmacéutico de síntesis. El basuco es un producto de arrastre industrial; sus impurezas provienen directamente de los solventes, ácidos e hidrocarburos utilizados en el procesamiento ilegal de la hoja de coca en los cultivos de origen, además del corte rústico con cafeína, fenacetina, levamisol, lidocaina, entre otros.
En contraste, el tusi representa la sofisticación de la “adulteración de diseño”. Los microtraficantes no se limitan a estirar o “voltear” una molécula pura, sino que “cocinan” cócteles físicos donde mezclan de forma deliberada múltiples compuestos psicoactivos para imitar efectos deseados, modular la experiencia de trance y abaratar costos de producción. En 2026, el mayor riesgo para el usuario de tusi no es la adulteración pasiva, sino la inmensa variabilidad de su composición, que puede incluir hasta nueve sustancias distintas en una sola muestra (incluyendo fármacos psiquiátricos, opioides analgésicos y anestésicos veterinarios) sin ningún tipo de control farmacológico o estandarización. Esta variabilidad cualitativa y cuantitativa impide conocer la cantidad efectiva de cada principio activo administrado y, en consecuencia, hace imposible establecer, a partir de la cantidad de tusi consumida, una dosis predecible de menor riesgo..
- Perfiles de toxicidad neurológica, tisular y orgánica diferenciada El impacto nocivo sobre la salud de los usuarios muestra afecciones irreversibles, aunque concentradas en sistemas orgánicos diferentes. El daño fisiológico del basuco es predominantemente neurotóxico y pulmonar. La combustión del basuco genera el producto de pirólisis AEME (metilecgonidina), que destruye de forma irreversible el tejido cerebral, produce pérdida de la memoria y atrofia la corteza frontal del cerebro, anulando de forma severa la voluntad, la toma de decisiones autónomas y la capacidad de las personas para suspender el consumo de forma voluntaria.
El tusi en 2026 despliega su toxicidad principalmente en los sistemas urológico, cardiovascular y tisular. El consumo prolongado de la ketamina presente en el tusi destruye el epitelio de la vejiga urinaria (síndrome de vejiga ketamínica), ocasionando, -dependiendo de la frecuencia e intensidad de consumo- dolor, urgencia e incontinencia al orinar; en los casos más severos, cistitis ulcerosa hemorrágica dolorosa que en casos extremos requiere la remoción quirúrgica de la vejiga. Adicionalmente, la presencia de xilacina veterinaria y levamisol induce vasoconstricción severa y necrosis celular, produciendo úlceras cutáneas incurables, isquemia periférica, posibles amputaciones y hasta muertes por colapso cardiorrespiratorio al mezclarse con alcohol.
- Configuración del estigma social, biopolítica e invisibilidad del consumidor: La percepción colectiva del consumidor de cada droga determina su estatus frente a la sociedad y condiciona la intervención de las políticas públicas estatales. El basuco encarna el estigma absoluto y la exclusión más degradante del mercado de las drogas en América Latina. El consumidor es calificado bajo términos deshumanizantes como “desechable”, “chirri” o “gamín” y recluido físicamente en la marginalidad espacial de las “ollas”. Su adicción es abordada institucionalmente bajo el paradigma de la seguridad ciudadana y el orden público, justificando la inacción de salud pública o la intervención carcelaria.
El tusi de 2026 inició con una inmunidad estética o “limpieza moral” en su primera década de instalación, pero se ha venido degradando mientras se hace más transversal su presencia en las prácticas psicoactivas de cientos de jóvenes. Al presentarse bajo empaques coloridos con imágenes caricaturescas, consumirse de forma intranasal (sin la fealdad física asociada a sostener una pipa de PVC quemada) y asociarse a contextos de fiesta hedonista, discotecas VIP de reguetón y estatus aspiracional, el consumidor de tusi se autopercibe como un sujeto integrado en la sociedad, invisibilizando la severidad de su adicción y retrasando la búsqueda de atención médica oportuna. El tusi está tocando techo en su estatus y ha iniciado el proceso de degradación en todo su entorno, tanto la persona consumidora, el contexto, la fabricación, el tráfico y la violencia asociada por la disputa del mercado.
- Modelos de distribución territorial y dinámicas microtraficantes: La comercialización de ambas sustancias describe el tránsito histórico de los monopolios rígidos de los carteles de los ochenta hacia las redes descentralizadas y líquidas del microtráfico contemporáneo. La distribución de basuco estuvo históricamente ligada a la presencia de grandes carteles de narcotráfico que ingresaban la pasta base a las ciudades y la vendían exclusivamente en puntos fijos militarizados de alta degradación urbana conocidos como “ollas” (como El Cartucho, El Bronx o El Amparo) controlados por jerarquías criminales y jíbaros armados.
El tusi de 2026 prescinde de la “olla” física tradicional. Al ser de preparación casera y fácil almacenamiento en cocinas domésticas clandestinas, el tusi se distribuye mediante “redes líquidas” o mensajería digital en plataformas encriptadas. Las transacciones se realizan cara a cara mediante jóvenes distribuidores (“dealers”) que operan de forma móvil e invisible en los palcos de las discotecas, eventos de guaracha y redes sociales, evitando la necesidad de que el consumidor de clase media o alta deba ingresar a un territorio de alta peligrosidad para adquirir la droga.
- Anclaje cultural, estéticas de consumo y bandas sonoras asociadas: Las sustancias psicoactivas no se difunden en el vacío; requieren de plataformas culturales y estéticas identitarias que normalicen y expandan su uso. El basuco se vinculó tempranamente a los entornos de tabernas populares, cantinas suburbanas de alta hostilidad y las dinámicas marginales del crecimiento urbano acelerado de los años ochenta, teniendo como fondo la salsa de calle y la música popular de despecho.
El tusi de 2026 es el producto cultural posmilenial por excelencia de la narcocultura urbana latinoamericana. Su auge ha corrido paralelo a la masificación global del reguetón y de su variación colombiana conocida como guaracha (latin tribal house). Canciones de amplia difusión radial y digital que exaltan de forma abierta el consumo combinado de alcohol, potenciadores sexuales y “tusi” han creado un marco estético de “estilo de vida rosado” que exalta el consumo juvenil como un indicador de éxito, diversión sin límites y ascenso social.
- El rol del periodismo sensacionalista en la amplificación de la demanda: Los medios de comunicación masivos de Colombia han actuado de manera recurrente como agencias involuntarias de mercadeo para las nuevas sustancias ilegales. En 1983, reportajes de prensa que describían de forma alarmante cómo la juventud de Bogotá se consumía en los fumaderos de la Avenida Caracas o menciones sobre como en Kennedy se entregaban sobres de basuco al pedir una Coca-Cola, terminaron por desmitificar los canales de distribución y despertaron una inmensa curiosidad de consumo en sectores sociales que desconocían la existencia de la droga. Haber sido señalado como la droga de moda entre los ejecutivos Bogotanos por la prensa en 1986, le dio sin duda un carácter aspiracional al basuco, que dos décadas y media después fue el enganche perfecto que repitió con el Tusi para exponerlo al deseo de las clases emergentes.
Con el tusi, la irresponsabilidad periodística fue masiva: el titular de la revista Semana en 2012 calificándolo como la “droga sintética de moda preferida por modelos, actores y políticos” contribuyó con la valoración aspiracional del preparado. Los jóvenes de clases medias y populares demandan masivamente la sustancia para emular el supuesto estilo de vida lujoso y selecto de los círculos de la élite bogotana retratado por los reporteros.
- Respuestas institucionales, abandono estatal y vacío de políticas de salud pública
La respuesta de las entidades públicas colombianas frente a ambas crisis de consumo refleja una persistente desconexión técnica y una ausencia de presupuestos reales para abordar el fenómeno bajo un enfoque sanitario. Durante el auge del basuco, el gobierno nacional priorizó la persecución militar de la producción de clorhidrato de cocaína para el mercado norteamericano, descuidando por completo la prevención interna del consumo de pasta base. Se clausuraron programas de prevención (como el programa presidencial Rumbos) para favorecer políticas punitivas basadas en la cárcel, dejando el tratamiento de los consumidores problemáticos en condición de calle en manos de la caridad o la violencia privada.
En 2026, 14 años después de su descubrimiento, el tusi sigue sin figurar de manera desagregada en las encuestas oficiales de consumo de sustancias psicoactivas debido a la falta de capacidad técnica para rastrear nuevos preparados sintéticos en las calles, lo que impide dimensionar el impacto epidemiológico real. La inacción estatal obliga a que las alertas tempranas y los análisis de reducción de daños sean financiados y ejecutados de forma exclusiva por colectivos comunitarios y ONGs sin apoyo económico del Estado.
- Evolución de los paradigmas de reducción de riesgos y daños (RRD)
La evolución de las intervenciones de supervivencia técnica para los consumidores muestra la transición desde la higiene rústica hacia el uso de tecnologías de punta. Para el basuco, la reducción de daños se concentra en mitigar el daño físico directo de la combustión: programas de base comunitaria en enfocan en la investigación para distribuir parafernalia adecuada (pipas de conducto largo), boquillas aislantes para evitar quemaduras graves en los labios e infecciones de transmisión sanguínea, vaselina o manteca de cacao para proteger los tejidos labiales, y aluminio especial para evitar que los usuarios quemen la base en latas oxidadas o tubos de PVC altamente corrosivos. Además de acciones comunitarias orientadas a la integración social efectiva de las personas consumidoras, que amplíen sus oportunidades y favorezcan la construcción de otros medios y proyectos de vida
Para el tusi, la reducción de daños se ha tecnificado de manera sustancial. El Servicio de Análisis de Sustancias (SAS) emplea espectrómetros de infrarrojo cercano (NIR), también tecnología FTIR y reactivos químicos avanzados para advertir al usuario sobre la presencia de compuestos tóxicos. Además, en 2026 se ha masificado el uso de tiras reactivas inmunocromatográficas de flujo lateral de bajo costo que permiten a los usuarios disolver una pequeña muestra de tusi en agua y detectar en segundos la presencia inesperada de fentanilo, xilacina o benzodiacepinas para descartar la sustancia o ajustar dosis. Finalmente, la inteligencia artificial irrumpe en 2026 con herramientas conversacionales virtuales como DroguIA, una plataforma digital que ofrece asesoría científica no moralizante las 24 horas del día sobre dosis seguras e interacciones químicas riesgosas.
A partir del análisis sociológico, farmacológico y de salud pública del fenómeno de las drogas en Colombia y América Latina, existen diferencias sustanciales entre el tusi (cóctel sintético rosa) y el basuco (pasta base de cocaína). Aunque ambas sustancias comparten patrones de masificación e impacto social, difieren profundamente en su naturaleza molecular, forma de consumo, efectos psicoactivos, estética de mercado y territorialidad.
El basuco como espejo:
Posibles escenarios para las personas que usan tusi en la próxima década a partir del análisis retrospectivo de las dinámicas que marcaron el consumo de basuco en Colombia durante las últimas cuatro décadas, es posible vaticinar cinco escenarios sobre el futuro del fenómeno del tusi. Estos escenarios no plantean una trayectoria inevitable, sino que exploran lo que podría ocurrir si las personas que usan enfrentan condiciones similares de abandono institucional, estigmatización y limitada respuesta sanitaria a las que históricamente han acompañado el consumo de basuco en el país.
Escenario 1: El surgimiento del “tusi de calle” y la pauperización del consumo marginal: La historia epidemiológica del basuco demuestra de forma contundente que cuando una sustancia de alta dependencia física devalúa su precio comercial por debajo de la rentabilidad mínima del microtráfico, el mercado ilegal degrada masivamente la pureza de sus componentes e introduce adulterantes industriales baratos para expandir las ventas hacia poblaciones empobrecidas.
Bajo este escenario, es posible imaginar que hacia el año 2035, el tusi habrá culminado su tránsito descendente de las discotecas sofisticadas hacia las esquinas más desfavorecidas de las grandes ciudades de América Latina. Los laboratorios clandestinos de microtráfico abandonarán el uso de MDMA o ketamina importada y “cocinarán” el preparado utilizando anfetaminas baratas de producción local, fentanilo ilícito, restos de benzodiacepinas genéricas descontinuadas por el sector salud y disolventes industriales de alta toxicidad para emular el color rosa de forma rústica.
Este nuevo preparado ultra-barato, denominado popularmente “tusi de calle” o “polvo sucio”, se expenderá en las zonas marginales de Bogotá, Medellín, Río de Janeiro y Buenos Aires a fracciones de dólar por dosis. La altísima dependencia inducida por el consumo diario de benzodiacepinas y opioides sintéticos mezclados forzará la creación de una nueva e inmensa población de habitantes de calle jóvenes, neurológicamente devastados y atrapados en ciclos de delincuencia instrumental, repitiendo con cercana exactitud la tragedia social que significó el basuco para la generación de los años ochenta.
Escenario 2: Epidemia de amputaciones y colapso urológico por adulteración veterinaria masiva: El hallazgo recurrente de xilacina (un potente sedante veterinario) y levamisol (un antiparasitario veterinario utilizado para cortar la cocaína que a menudo se añade al tusi) en muestras analizadas en 2026 prefigura una crisis de salud pública de dimensiones catastróficas si el mercado ilegal adopta estos compuestos de forma generalizada para espesar físicamente el polvo rosa y simular el potencial relajante.
En este escenario de mediano plazo, la incorporación progresiva de adulterantes con potencial vasculotóxico, como la xilacina y el levamisol, sumada al consumo crónico intranasal de mezclas cada vez más complejas, podrán desencadenar una epidemia de isquemia tisular periférica, necrosis facial e insuficiencia urológica en miles de jóvenes. El levamisol inducirá vasculitis cutánea necrótica y agranulocitosis (destrucción de glóbulos blancos), debilitando el sistema inmune de los usuarios, mientras que la ketamina destruirá de forma irreversible las paredes de la vejiga urinaria (vejiga ketamínica). De consolidarse estos patrones de adulteración y consumo sin una respuesta sanitaria oportuna, estas afectaciones podrían adquirir una magnitud creciente entre jóvenes de sectores sociales diversos.
Para el año 2035, las salas de urgencias y unidades de nefrología de Colombia se verán desbordadas por pacientes de entre 30 y 40 años de edad requiriendo cateterización urinaria definitiva, reconstrucciones quirúrgicas maxilofaciales por destrucción del tabique nasal, o amputaciones de extremidades debido a infecciones generalizadas (sepsis) por úlceras cutáneas necróticas que no cicatrizan, colapsando el sistema de seguridad social del país.
Escenario 3: La consolidación de la reducción de daños digital y la IA como salud pública paralela: Ante la inercia burocrática del Estado colombiano y la persistencia de respuestas predominantemente punitivas —o de limitada capacidad institucional para responder sanitaria y socialmente a las transformaciones del mercado de sustancias—, el vacío de cuidado institucional será ocupado por tecnologías digitales comunitarias basadas en inteligencia artificial y autogestión de datos. Este escenario proyecta un futuro donde plataformas como DroguIA, cuyos resultados iniciales en 2026 revelaron una efectividad de resolución de dudas del 64% y un pico de prevención anticipatoria los jueves y viernes antes de la rumba, se integrarán de forma nativa en dispositivos inteligentes de uso personal (wearables) y redes descentralizadas de autocuidado. Hacia 2030, la inteligencia artificial analizará biométricamente en tiempo real la frecuencia cardíaca, la sudoración y la temperatura corporal del usuario en un festival de música mediante su reloj inteligente.
Al detectar patrones compatibles con taquicardia severa por sobredosis de MDMA o sedación extrema por benzodiacepinas y ketamina mezcladas con alcohol, la IA emitirá alertas de supervivencia personalizadas, sugerirá dosis de hidratación exactas y activará protocolos automáticos de geolocalización para que equipos comunitarios de paramédicos acudan a la zona de rumba antes de que ocurra una muerte por colapso cardiorrespiratorio, constituyendo un sistema de salud pública paralelo que operará sin financiación gubernamental.
Escenario 4: El “tusi” como el principal vector de sumisión química para el crimen urbano: Las dinámicas de adulteración del tusi en la década de 2020 demuestran una preocupante convergencia con medicamentos depresores del sistema nervioso central utilizados con fines delictivos, tales como las benzodiacepinas y los opioides de prescripción. En este escenario prospectivo, para la década de 2030, el tusi se consolidará como uno de los principales vehículos de sumisión química en las discotecas y zonas turísticas de América Latina, desplazando a sustancias tradicionales como la escopolamina. Al ser un preparado en polvo de fácil disolución en bebidas alcohólicas y contener ya de forma nativa una alta concentración de ketamina y benzodiacepinas (como clonazepam, detectado en más del 34% de las muestras en 2024 de Échele cabeza), los agresores podrán utilizarla sistemáticamente para cometer robos, secuestros exprés y abusos sexuales.
La combinación de un anestésico disociativo y un hipnótico anulará de forma instantánea la voluntad de la víctima y provocará amnesia anterógrada severa, impidiendo que recuerde los detalles del delito o identifique a los atacantes ante las autoridades judiciales. Para el año 2030 el microtráfico de tusi se posicionará como el principal factor de violencia urbana y disputa asociado al microtráfico de éste.
Escenario 5: El “tusi” como nuevo comodín de exportación transnacional de la narcocultura latinoamericana: El análisis retrospectivo de la evolución de las economías criminales demuestra que los carteles de narcotráfico de la región poseen una inmensa plasticidad para exportar sus innovaciones de consumo a otros continentes, tal como ocurrió cuando los traficantes de basuco llevaron la fórmula de la pasta base hacia Argentina, Uruguay y Chile bajo el nombre de “paco” o “bicha”.
En este escenario global, el tusi se convertirá en el principal producto de exportación y diversificación de las redes de narcotráfico transnacionales latinoamericanas (como los carteles colombianos y mexicanos) hacia mercados de alta capacidad adquisitiva en Europa, Asia y Norteamérica, presentándose bajo el nombre comercial de “Pink Cocaine” o “Tusi”. Al ser una mezcla física de ketamina y MDMA barata, los carteles no requerirán exportar el volumen físico terminado desde Suramérica; en su lugar, exportarán “químicos refinadores” o manuales de instrucción digital para enseñar a las mafias locales de España, Reino Unido y Europa del Este a producir el preparado rosado utilizando ketamina médica desviada del mercado veterinario de contrabando asiático. Como ocurrió con la cocaína y el café, el mejor producto de tusi será exportado y el peor se quedará en Colombia.
El tusi se consolidará de manera masiva en los festivales europeos como un sustituto “exótico” y de alta rentabilidad que exalta la estética de la narcocultura latina, obligando a las agencias internacionales antidrogas (como la DEA y el Observatorio Europeo de las Drogas) a reconfigurar por completo sus estrategias de interdicción y alertas tempranas ante la imposibilidad de contener la proliferación de un polvo rosado artesanal que carece de una única firma molecular o lugar de origen definido.
Conclusiones y recomendaciones para la política de salud pública
El análisis sociológico y farmacológico comparado entre el auge del basuco en la década de 1980 y la consolidación del tusi en el año 2026 revela que las dinámicas de las sustancias psicoactivas en Colombia no responden a crisis individuales y aisladas, sino a patrones estructurales repetitivos condicionados por el paradigma de la prohibición y la “guerra contra las drogas” por la ausencia de regulación estatal, el abandono de la salud pública y el papel amplificador de los medios de comunicación.
Para evitar que la crisis del tusi replique la devastación orgánica y la exclusión social extrema que el basuco sembró en las últimas cuatro décadas, es urgente que el Estado colombiano y los gobiernos latinoamericanos migren hacia un paradigma de política de drogas basado de manera inequívoca en la regulación ilegal de los mercados, la reducción de riesgos y daños, la evidencia científica y la integración social.
Financiación pública permanente para servicios de análisis químico de calle: Es indispensable que las entidades territoriales de salud dejen de ignorar las iniciativas de testeo de base comunitaria y destinen presupuestos permanentes para dotar a los festivales, zonas de rumba y centros urbanos de unidades de análisis de sustancias, colorimetría, espectroscopía e insumos de tiras reactivas rápidas para fentanilo, xilacina y benzodiacepinas, permitiendo a los usuarios conocer la composición real antes de consumir y previniendo de forma efectiva las muertes por sobredosis o colapso tisular. Además, de incluir esta data en los sistemas de alerta temprana. Enfocarse en trabajar con las OBC (organizaciones de base comunitaria) recién reconocidas como actores claves del sistema de salud es clave para garantizar una salud pública que habita la realidad territorial.
Inclusión del “tusi” y nuevos preparados sintéticos en las encuestas epidemiológicas nacionales: El Ministerio de Salud, el Ministerio de Justicia y el Observatorio de Drogas de Colombia deben reformar sus metodologías de recolección de datos e incluir de forma desagregada las prevalencias de consumo de tusi, ketamina y catinonas sintéticas, permitiendo caracterizar epidemiológicamente a las poblaciones expuestas y diseñar políticas de prevención ajustadas a la realidad de las calles de 2026. Pero, además, es necesario trascender la vigilancia epidemiológica centrada exclusivamente en encuestas de hogares y avanzar hacia sistemas de información que integren y triangulen la investigación cualitativa, los datos administrativos, los datos del sistema de salud y la información generada de manera continua por los servicios de atención y las organizaciones que trabajan directamente con personas que usan drogas.
Integración del ecosistema de reducción de daños digital con la red hospitalaria: Las plataformas de inteligencia artificial conversacional basadas en evidencia, como DroguIA, deben recibir soporte e integración oficial con las líneas de atención del Centro Regulador de Urgencias y Emergencias (CRUE) de las principales ciudades, permitiendo canalizar de manera rápida y sin prejuicios morales los casos de emergencia crítica detectados en la rumba hacia unidades de atención médica especializada, salvando vidas de forma anticipatoria.
Implementación de protocolos médicos de vigilancia epidemiológica urológica y vascular: El sector salud debe capacitar de forma prioritaria a los médicos de urgencias, urólogos y cirujanos en el diagnóstico oportuno del síndrome de vejiga ketamínica e isquemia tisular periférica asociada a adulterantes veterinarios, garantizando un tratamiento clínico adecuado, libre de estigmas morales y enfocado en la detección temprana del daño físico irreversible.
Obras citadas
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- BAZUCO / BASUCO – Echele Cabeza, fecha de acceso: julio 29, 2026, https://echelecabeza.com/bazuco/
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- Entre líneas. Drogas: ¿Prohibir, Regular, Entender, Disfrutar?. Julian Quintero. Intermedio editores. 2024.
- https://echelecabeza.com/investigacion-sobre-el-bazuco-en-bogota-componentes-adulterantes-y-residuos/.
- Xilacina y tusi en Colombia: entre el pánico y la evidencia, fecha de acceso: julio 29, 2026, https://echelecabeza.com/entre-el-sensacionalismo-y-la-evidencia-la-xilacina-no-muestra-el-verdadero-problema-del-tusi/
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- Publicaciones – Echele Cabeza, fecha de acceso: julio 29, 2026, https://echelecabeza.com/publicaciones/
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- Publicaciones – Echele Cabeza, fecha de acceso: julio 29, 2026, https://echelecabeza.com/category/publicaciones/
- Así fue la intervención de Échele Cabeza en el BAUM 2025, fecha de acceso: julio 29, 2026, https://echelecabeza.com/informe-de-echele-cabeza-en-el-baum-festival-2025/
- https://insightcrime.org/es/noticias/tusi-coctel-sicodelico-rosa-engano-latinoamerica/ 6 de julio de 2022
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- MUJERES Y DROGAS EN COLOMBIA – Echele cabeza, fecha de acceso: julio 29, 2026, https://echelecabeza.com/wp-content/uploads/2023/11/Mujeres_drogras_COL_V4.pdf
- Encuesta Nacional de Salud mental 2025. Junio de 2026. https://www.minsalud.gov.co/sites/rid/Lists/BibliotecaDigital/RIDE/VS/ED/GCFI/resultados-ensm-2025.pdf



